Cómo la ciencia forense utiliza la química de la tierra para localizar cuerpos en México

Cómo la ciencia forense utiliza la química de la tierra para localizar cuerpos en México

En el vasto territorio mexicano, donde la geografía puede ser tan diversa como desafiante, la ciencia forense ha encontrado un aliado inesperado en la propia tierra. Lejos de los escáneres de última generación o los drones de alta tecnología, investigadores y peritos recurren a un método ancestral pero científicamente sofisticado: el análisis de la química del suelo para localizar restos humanos. Esta técnica, que combina geología, química y criminología, se ha convertido en una herramienta crucial en casos de desapariciones, homicidios y hallazgos arqueológicos.

La premisa es tan simple como fascinante: cuando un cuerpo se descompone bajo tierra, libera una serie de compuestos químicos que alteran la composición del suelo circundante. Estos cambios, aunque imperceptibles para el ojo humano, pueden detectarse mediante análisis especializados. En México, donde según datos del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas hay miles de casos pendientes, esta metodología ofrece una esperanza tangible para familias y autoridades.

Históricamente, la relación entre la descomposición humana y el suelo ha sido observada desde tiempos antiguos. Civilizaciones como la maya y la azteca tenían conocimientos empíricos sobre cómo ciertas plantas crecían de manera diferente en lugares de entierro. Sin embargo, no fue hasta el siglo XX que la ciencia comenzó a cuantificar estos fenómenos. En la década de 1970, investigadores forenses en Estados Unidos y Europa empezaron a documentar sistemáticamente cómo los lípidos, aminoácidos y otros compuestos orgánicos modifican el pH, la conductividad eléctrica y la composición microbiana del suelo.

En México, la adopción de estas técnicas ha sido gradual pero significativa. Instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Procuraduría General de la República han desarrollado protocolos adaptados a las condiciones locales. “El suelo en Sonora no reacciona igual que en Chiapas”, explica la Dra. Ana Martínez, geóloga forense con más de 15 años de experiencia. “La aridez del norte, la humedad del sureste, la composición volcánica del centro… cada región requiere un enfoque distinto. Por eso hemos creado mapas de referencia específicos para los diferentes tipos de suelo del país”.

El proceso comienza con la toma de muestras en áreas sospechosas. Los peritos utilizan barrenas especiales para extraer núcleos de suelo a diferentes profundidades, generalmente hasta dos metros. Estas muestras se analizan en laboratorios equipados con tecnología como cromatografía de gases y espectrometría de masas. Lo que buscan son marcadores químicos específicos: ácidos grasos como el ácido esteárico, compuestos nitrogenados como la putrescina y la cadaverina, y alteraciones en minerales como el hierro y el calcio.

Uno de los casos más emblemáticos en México ocurrió en 2018 en el Estado de México, donde el análisis del suelo permitió localizar los restos de tres personas desaparecidas cinco años antes. “El terreno había sido alterado superficialmente para simular que nada había pasado”, relata el perito Carlos Rivera. “Pero cuando analizamos el suelo a 80 centímetros de profundidad, encontramos niveles anómalos de fósforo y potasio, junto con una comunidad bacteriana completamente distinta a la de las áreas circundantes. Eso nos dio la certeza para excavar”.

La tecnología ha evolucionado para hacer estos análisis más rápidos y precisos. Mientras tendencias recientes hablan de IA que ayuda en el trabajo o dispositivos como el Samsung Galaxy Watch que monitorean la salud, en el ámbito forense se desarrollan sensores portátiles que pueden detectar compuestos volátiles en tiempo real. Aunque estos equipos pueden costar desde 50,000 hasta 200,000 MXN, su implementación en fiscalías estatales ha permitido acelerar investigaciones críticas.

Pero la ciencia del suelo forense no se limita a casos criminales. En el sur de México, arqueólogos han utilizado técnicas similares para localizar entierros prehispánicos sin necesidad de excavaciones extensivas. “Al analizar las variaciones en el contenido de carbonatos y materia orgánica, podemos identificar patrones que sugieren actividad humana antigua”, comenta el arqueólogo Miguel Torres. “Esto nos permite preservar mejor los sitios, excavando solo donde es estrictamente necesario”.

El futuro de esta disciplina en México parece prometedor pero enfrenta desafíos. La falta de estandarización entre estados, la necesidad de más especialistas capacitados y los recortes presupuestales limitan su aplicación generalizada. Sin embargo, proyectos colaborativos entre instituciones académicas y autoridades están creando bases de datos nacionales que podrían revolucionar la forma en que se buscan personas desaparecidas.

Mientras la tecnología avanza con innovaciones como las que vemos en dispositivos de Apple o en startups de seguridad de datos como Cyera, la ciencia forense del suelo mantiene su relevancia por una razón fundamental: la tierra guarda secretos, pero también revela verdades. En un país donde cada hallazgo puede significar justicia para una familia, entender la química de la tierra no es solo ciencia pura, es un compromiso con la memoria y la verdad.

Para el ciudadano común, estos desarrollos pueden parecer lejanos, pero tienen implicaciones prácticas. Las mismas técnicas que localizan restos humanos pueden aplicarse en agricultura para detectar contaminación o en construcción para identificar terrenos inestables. La próxima vez que camines por un campo o jardín, recuerda: bajo tus pies hay un registro químico de historias pasadas, esperando a ser leído por quienes saben interpretar el lenguaje silencioso de la tierra.

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