La verdad sobre la higiene en la edad media: no eran tan sucios como crees

La verdad sobre la higiene en la edad media: no eran tan sucios como crees

Cuando pensamos en la Edad Media, a menudo imaginamos calles llenas de lodo, hedor permanente y una población descuidada. Películas, series y novelas han perpetuado esta imagen de suciedad generalizada. Sin embargo, según la historiadora Katherine Harvey, este estereotipo es profundamente injusto. En una entrevista con el podcast History Extra, Harvey explica que los medievales valoraban la limpieza y se esforzaban por mantenerla, aunque con los recursos limitados de su época.

¿Realmente era tan sucia la Edad Media?

Es cierto que la Europa medieval carecía de sistemas modernos como alcantarillado subterráneo, agua corriente o recolección de basura, y no se conocían las bacterias ni los virus. Pero eso no significa que la gente viviera en la mugre sin preocuparse. “Probablemente no eran tan limpios como nosotros, pero pensaban que era muy importante estar limpios, y se esforzaban mucho por lograrlo”, afirma Harvey.

La limpieza en el hogar medieval

En una casa medieval, los pisos solían ser de tierra apisonada, tablones de madera o piedra, superficies que inevitablemente acumulaban polvo, cenizas, restos de comida y otros desechos, especialmente porque cocinar, comer y trabajar a menudo ocurrían en la misma habitación. Sin aspiradoras ni trapeadores, mantener la limpieza requería barrer, fregar y realizar trabajo doméstico manual constante. “Mantenían sus casas limpias”, dice Harvey. Y no era una limpieza ocasional: formaba parte del mantenimiento rutinario. La evidencia arqueológica lo confirma: al excavar casas medievales, se encuentran “depresiones en el piso claramente hechas por el barrido repetido”, lo que demuestra que las superficies se limpiaban una y otra vez durante muchos años.

Higiene personal: más allá del mito

Los medievales también prestaban atención a la limpieza corporal. “Hay mucha evidencia de que la gente se bañaba”, señala Harvey, aunque con matices. No se bañaban a diario como hoy, porque calentar grandes cantidades de agua requería tiempo y combustible. Pero el lavado más limitado era ampliamente recomendado. “Se consideraba una buena idea lavarse al menos las manos y la cara al levantarse por la mañana, y lavarse las manos antes y después de las comidas”, explica. Además, “la gente también lavaba su ropa con regularidad”. Esto era importante porque las prendas eran valiosas: hechas a mano y costosas, lavarlas y mantenerlas prolongaba su vida útil. La ropa limpia también era señal de respetabilidad, autocontrol y buena administración del hogar.

¿Tiraban los desechos a la calle?

Uno de los mitos más persistentes es que la gente arrojaba la basura y las heces a la calle sin control. “Creo que lo principal es que iban al baño donde debían”, aclara Harvey. Para la Baja Edad Media, muchos hogares (especialmente en zonas urbanas) tenían acceso a letrinas. Estas variaban en forma: algunas eran pozos negros subterráneos donde los desechos se acumulaban y descomponían; otras eran letrinas construidas sobre pozos o desagües. En algunos edificios, conductos permitían que los desechos cayeran de pisos superiores a espacios designados. Harvey reconoce que “probablemente no eran muy agradables”, pero cumplían una función importante: separar los desechos humanos del espacio habitable y canalizarlos a lugares donde pudieran contenerse. En York, por ejemplo, se construyeron letrinas sobre puentes del río Ouse, permitiendo que el agua corriente llevara los desechos: un intento pragmático de resolver un problema urbano persistente con los recursos disponibles.

Regulaciones urbanas y salud pública

En centros urbanos más grandes como Londres, York y París, “hay mucha evidencia de un creciente interés en la salud pública”, explica Harvey. Las ciudades medievales tenían concejos, funcionarios y regulaciones locales que abordaban cada vez más el saneamiento. Las autoridades reconocían que los desechos, el agua estancada y las industrias malolientes podían hacer la vida desagradable y, según su entendimiento, poco saludable. “En algunas ciudades, tenías que limpiar la calle frente a tu casa cada sábado”, dice Harvey. “Así que la idea de que todos tiraban todo a las calles no es cierta, porque de lo contrario tendrían que limpiarlo”. También había reglas sobre dónde podían ubicarse actividades potencialmente ofensivas o sucias. “Hay muchas normas sobre la eliminación de desechos y dónde se pueden instalar letrinas y pocilgas”, señala Harvey. Algunas autoridades locales incluso “empleaban a personas como barredores de calles”.

Conclusión: un estereotipo injusto

Nada de esto significa que las ciudades medievales olieran bien o estuvieran impecables. El estiércol animal, los residuos domésticos y los subproductos de oficios como la curtiduría, la carnicería y el teñido aseguraban que muchos lugares fueran profundamente desagradables para los estándares modernos. Pero desagradable no significa desordenado. “Obviamente, la gente se aliviaba en las calles”, admite Harvey, pero al mismo tiempo, ese comportamiento no se consideraba aceptable. “No era lo correcto, y las autoridades intentaban detenerlo”. En Florencia, por ejemplo, se colocaban imágenes religiosas en las paredes con la esperanza de disuadir la micción pública. “Pensaban que la gente no se sentiría con derecho a orinar sobre una cruz”, explica Harvey. Estos métodos muestran una sociedad que intentaba activamente regular el comportamiento público para mantener la limpieza.

Así que la próxima vez que veas una representación medieval llena de mugre, recuerda: la historia es más compleja. Los medievales no eran tan sucios como creemos; simplemente tenían otras formas de lidiar con la suciedad.

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