Más allá del PIB: por qué tratar la naturaleza como capital no salvará el planeta

Más allá del PIB: por qué tratar la naturaleza como capital no salvará el planeta

La incapacidad de la humanidad para gestionar los recursos naturales está poniendo al mundo bajo presión. Para acabar con este desorden, algunos economistas quieren ponerle precio a la naturaleza, con la esperanza de motivar a la gente a conservar más y usar menos. Sin embargo, un enfoque puramente económico no resolverá los peores problemas que enfrenta el planeta.

Las nuevas métricas de la ONU

El 7 de mayo, un grupo de expertos convocado por la ONU presentó sus recomendaciones para métricas de desarrollo nacional que complementen el producto interno bruto (PIB). El informe, titulado Contando lo que cuenta, propone 31 indicadores que cubren principios fundamentales, bienestar, equidad y sostenibilidad. Este tablero de medidas reconoce que el desarrollo sostenible es multidimensional. Su negativa a comprimir todas las facetas del bienestar humano en un solo índice es una elección teóricamente sólida e intelectualmente valiente.

Los límites del enfoque económico

Sin embargo, el informe no es un barco insumergible. El enfoque que respalda es la contabilidad integral de la riqueza, que considera el capital producido, humano, social y natural como existencias en un balance nacional. Esto está bien para evaluar el valor financiero de la madera en un bosque o el trabajo doméstico —ninguno de los cuales se incluye en el PIB— pero no es suficiente para proteger al planeta de riesgos existenciales.

Riesgos globales y bienes comunes

Los peores riesgos implican el deterioro de los bienes comunes globales: recursos naturales compartidos como la atmósfera, los océanos, la biosfera y el sistema Tierra, que no son propiedad ni están controlados por ningún gobierno ni sujetos a ningún mercado. Abordar riesgos planetarios como el cambio climático o la pérdida de biodiversidad requiere considerar quién los está afectando y cómo. Dos preguntas deben responderse: la primera se refiere a la escala: ¿cuál es el nivel máximo de presión que el medio ambiente puede soportar? La segunda, a la distribución: ¿quién tiene derecho a usar cuánta capacidad, y entre qué países y generaciones? Solo después de tomar estas decisiones inherentemente políticas se puede definir la escasez y los mercados producir precios significativos.

El problema de poner precio a la naturaleza

Imaginemos tratar de ponerle precio a un bosque. El volumen de madera en pie, su precio de mercado y su tasa de crecimiento se pueden medir. Pero el papel del bosque en la regulación del suministro local de agua, la prevención de la erosión del suelo y el secuestro de carbono de la atmósfera es más difícil de contabilizar. Los números se vuelven cada vez menos confiables: la escala es mayor, las interacciones más complejas y las decisiones políticas más disputadas. ¿Quién es dueño de la lluvia que crea el bosque? ¿Quién asumiría el costo del carbono liberado si se quemara?

La frontera de la monetización

En algún punto, las cifras financieras reflejan más los supuestos del modelo que el mundo real. Esta frontera de posibilidad de monetización, más allá de la cual la valoración crea una falsa impresión de precisión en decisiones que son estructuralmente políticas y no económicas, no es una brecha de datos sino un problema de secuenciación. Como han demostrado académicos como el economista Herman Daly y el experto en políticas climáticas Felix Ekardt, cuando se trata de bienes comunes naturales globales, el argumento económico estándar de ponerle precio a la naturaleza es defectuoso. Asignar precios no redistribuirá el uso de los recursos naturales lo suficiente como para superar los problemas a escala global. La escala y la distribución deben venir antes que la asignación.

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