El futuro en juego: ¿qué nos dice la juventud sobre la democracia?
¿Qué pasa si te digo que una parte de la juventud no ve con malos ojos que un régimen autoritario tome las riendas en ciertas situaciones? ¿Y si te cuento que casi la mitad de la generación Z desconoce cómo murió Federico García Lorca? Estas no son solo cifras aisladas; son una señal de alarma que nos obliga a mirar de frente un problema mayor: estamos formando ciudadanos que viven la democracia como un contrato condicional, con una memoria histórica llena de lagunas y una experiencia política que no termina de convencer. Cuando la precariedad es el día a día y el pasado se difumina, la idea de una “mano dura” que ponga orden deja de sonar a chiste y se convierte en una posibilidad inquietante.
Para muchas personas jóvenes, la democracia actual no siempre ha significado estabilidad o prosperidad. Han crecido en un torbellino de crisis económicas, salarios que no despegan, rentas de vivienda que son un verdadero dolor de cabeza y un futuro climático que ya no es una amenaza lejana, sino una realidad palpable. En este panorama, es comprensible que algunos se pregunten si el sistema funciona para ellos. No se trata de una vocación fascista, sino de una desilusión con la democracia que ven como un sistema que no cumple sus promesas. Es la fantasía del “atajo”: menos discusiones, más orden, soluciones rápidas. Pero la historia nos enseña que los atajos políticos suelen llevar a callejones sin salida, a lugares donde la libertad y los derechos son los primeros en sacrificarse.
Aquí es donde entra en juego la figura de Lorca. No saber cómo murió no es solo un vacío cultural, es no comprender la brutalidad y el mecanismo de una dictadura. Lorca no es solo un nombre en un libro de historia; es la encarnación de lo que sucede cuando el poder decide que ser diferente es un delito. Si se borra la memoria de su asesinato, si se convierte en un detalle confuso, el autoritarismo deja de ser una amenaza real para volverse una palabra abstracta, que no nos vacuna contra nada. Además, hay un fenómeno preocupante: la indulgencia hacia la dictadura parece ser mayor en hombres jóvenes que en mujeres. Esto no es casualidad; el franquismo, por ejemplo, no solo fue un régimen político autoritario, sino también de género, que subordinaba a las mujeres. Cuando los avances feministas se perciben como una “amenaza” para algunos, la nostalgia por un pasado de “orden” y “valores” autoritarios puede resurgir.
Entonces, ¿qué hacemos con esta mezcla de amnesia histórica y desencanto democrático? No basta con indignarnos o juzgar a quienes caen en estas trampas. Necesitamos reconstruir dos cosas simultáneamente. Primero, el relato: explicar con claridad y sin rodeos qué fue una dictadura, por qué no es intercambiable con una democracia, por más imperfecta que sea. Segundo, la realidad: tenemos que hacer que la democracia deje de ser mediocre para la mayoría. Esto significa garantizar vivienda, derechos laborales efectivos, servicios públicos dignos y una transición ecológica justa. Si la democracia no protege materialmente a su gente, su defensa abstracta se vuelve una petición de paciencia infinita, y la paciencia, como sabemos, tiene un límite. La memoria democrática no puede ser solo un tema de examen; debe conectarse con nuestras vidas, con las desigualdades presentes, para que nos sirva de alarma y nos impulse a proteger el futuro. Proteger el futuro democrático no se logra con nostalgia del pasado, sino con una memoria rigurosa y derechos presentes que hagan que la democracia sea algo creíble y valioso para todos.
