The Witcher 3: cuando traicionar al original es el mayor homenaje

The Witcher 3: cuando traicionar al original es el mayor homenaje

Stephen King odió la adaptación de ‘El Resplandor’ que hizo Stanley Kubrick. Durante décadas, el escritor insistió en que el director no había entendido nada de su novela, que había eliminado la redención del personaje principal y convertido una historia sobre alcoholismo en un ejercicio de terror geométrico. Sin embargo, cuarenta y cinco años después, la película de Kubrick sigue siendo considerada una obra maestra del género, mientras que la miniserie que King supervisó personalmente —fiel hasta el servilismo— duerme en el olvido. Esta paradoja nos lleva a una pregunta incómoda pero inevitable: ¿qué significa realmente ser fiel a una obra cuando la adaptamos a otro medio?

Los italianos tienen un proverbio lapidario: ‘traduttore, traditore’. Traductor, traidor. Toda traducción implica traición porque trasladar algo de un lenguaje a otro exige decisiones, sacrificios e interpretaciones que el original nunca contempló. Una adaptación no es otra cosa que una traducción entre gramáticas expresivas distintas: del papel a la pantalla, de la palabra al píxel. La pregunta no es si vas a traicionar al original —eso está garantizado desde el momento en que decides adaptarlo—, sino cómo vas a hacerlo. Con desprecio utilitario, extrayendo lo que sirve y descartando lo que estorba; o con amor comprometido, arriesgándote a destruir aquello que amas en el intento de darle nueva vida.

La serie de Netflix basada en los libros de Andrzej Sapkowski es un ejemplo perfecto de adaptación que sigue la letra pero pierde el espíritu. Tomó el material de Sapkowski —una deconstrucción corrosiva de la fantasía épica, llena de humor negro y personajes cínicos— y lo sometió a un proceso de pasteurización industrial. Geralt perdió su sarcasmo afilado para convertirse en un señor musculoso que gruñe monosílabos; Yennefer vio su complejidad emocional aplastada bajo un arco de superación personal genérico. Netflix fue fiel a la letra con obediencia casi canina y, paradójicamente, traicionó por completo el espíritu de los libros.

Curiosamente, existe una adaptación de The Witcher que traicionó mucho más la letra de Sapkowski —inventándose una secuela completa que el autor nunca concibió, creando personajes nuevos, alterando destinos— y que sin embargo es Sapkowski de una forma que la serie jamás logró. The Witcher 3: Wild Hunt no adapta ningún libro específico: escribe una continuación apócrifa, un epílogo que Sapkowski nunca quiso escribir. Desde un punto de vista purista, es una herejía mayor que cualquier decisión de Netflix. Pero CD Projekt Red entendió algo fundamental: el tono.

Ese tono está en los márgenes del juego, en misiones secundarias como la del Barón Sangriento —un hombre alcohólico y violento cuya historia nos obliga a habitar esa zona gris incómoda donde la moralidad se deshace entre los dedos. No hay redención limpia, no hay villano claro al que derrotar, solo gente rota haciendo daño a otra gente rota. Esa incomodidad sostenida, esa negativa a simplificar, es Sapkowski en estado puro. CD Projekt Red entendió que la grandeza del autor polaco no está en sus criaturas fantásticas sino en su mirada desencantada sobre la condición humana.

El videojuego tiene una ventaja estructural sobre la serie que a menudo se pasa por alto: el tiempo. Cien horas de juego contra ocho episodios por temporada. The Witcher 3 puede permitirse respirar, detenerse en lo aparentemente menor, dedicar horas a historias que ninguna producción televisiva consideraría. Pero hay algo más profundo: el videojuego convierte al receptor en cocreador de la experiencia. Cada jugador tiene su Geralt, sus decisiones, su ritmo. La adaptación no es una imposición única y cerrada sino un espacio de posibilidades que cada cual habita a su manera. Y eso, por extraño que parezca, es más fiel al espíritu de la literatura que cualquier adaptación pasiva, porque leer siempre fue un acto de cocreación silenciosa.

Sapkowski ha sido notoriamente desdeñoso con los videojuegos basados en su obra. Los considera un subproducto comercial, una distracción para quienes no tienen paciencia para leer. Pero uno sospecha que si el autor polaco se sentara a jugar The Witcher 3 y llegara hasta la historia del Barón Sangriento, si viera cómo millones de jugadores han habitado su universo sin dejar de ser fieles a lo que él quiso contar, sentiría algo parecido a lo que Stephen King debió sentir viendo la adaptación de Kubrick: la incómoda revelación de que a veces la traición más audaz es también el homenaje más sincero. Amar una obra significa, en última instancia, estar dispuesto a destruirla para que pueda renacer en otro medio, con otra voz, pero con el mismo corazón latiendo en su centro.