Cómo la genética está ayudando a revivir especies extintas: una mirada a la desextinción en México y el mundo

Cómo la genética está ayudando a revivir especies extintas: una mirada a la desextinción en México y el mundo

En las profundidades de los laboratorios de biología molecular, donde las máquinas de secuenciación de ADN zumban como colmenas tecnológicas, se está escribiendo un nuevo capítulo en la historia de la vida en la Tierra. La genética, esa ciencia que alguna vez pareció limitada a entender los mecanismos de la herencia, ha evolucionado hasta convertirse en una herramienta poderosa para algo que antes pertenecía únicamente al reino de la ciencia ficción: traer de vuelta a especies que desaparecieron de nuestro planeta. Este proceso, conocido como desextinción, no es solo un ejercicio científico fascinante; representa una intersección crucial entre la tecnología, la ética y nuestra responsabilidad como custodios del planeta.

El concepto de revivir especies extintas puede sonar como algo sacado de ‘Jurassic Park’, pero la realidad es mucho más matizada y menos espectacular que la versión hollywoodense. En lugar de dinosaurios rugiendo, los científicos trabajan con especies desaparecidas más recientemente, como el mamut lanudo, la paloma migratoria norteamericana o el tilacino (también conocido como tigre de Tasmania). La tecnología que hace posible estos esfuerzos ha avanzado de manera exponencial en las últimas dos décadas, gracias en gran parte a proyectos como el Proyecto Genoma Humano, que no solo mapeó nuestro ADN sino que también desarrolló herramientas y metodologías que ahora se aplican a otras especies.

En México, donde la biodiversidad es tan rica como vulnerable, la discusión sobre la desextinción adquiere matices particulares. Nuestro país alberga especies endémicas que han desaparecido en tiempos históricos, como el carpintero imperial, una majestuosa ave que habitaba los bosques de pino de la Sierra Madre Occidental hasta mediados del siglo XX. Mientras que en otras partes del mundo se habla de revivir mamuts, en México podríamos contemplar la posibilidad de recuperar especies que formaban parte integral de ecosistemas que aún existen, aunque incompletos. Esta perspectiva no es meramente nostálgica; tiene implicaciones ecológicas profundas, ya que muchas especies cumplían roles específicos en sus hábitats que, al desaparecer, dejaron vacíos ecológicos difíciles de llenar.

La técnica más prometedora en este campo es la edición genética CRISPR-Cas9, que funciona como unas tijeras moleculares de precisión extraordinaria. Los científicos pueden tomar el genoma de una especie existente (generalmente un pariente cercano de la extinta) y modificarlo para que se parezca lo más posible al de la especie desaparecida. Por ejemplo, investigadores de la Universidad de Harvard han estado trabajando en insertar genes del mamut lanudo en células de elefante asiático, creando lo que algunos llaman un ‘mamufante’. Este híbrido genético podría ayudar a restaurar las praderas árticas, ya que los mamuts originales desempeñaban un papel crucial en mantener estos ecosistemas.

Pero la desextinción no se limita a modificar especies existentes. En algunos casos, como con la bucarda (una subespecie de cabra montés española), los científicos han intentado la clonación. En el año 2003, investigadores españoles lograron clonar una bucarda usando células preservadas del último ejemplar, que había muerto tres años antes. Aunque la cría solo sobrevivió unos minutos debido a defectos pulmonares, el experimento demostró que, técnicamente, la clonación de especies extintas es posible si se dispone de material genético bien conservado. Esta posibilidad plantea preguntas fascinantes sobre la conservación: ¿deberíamos crear bancos de ADN de especies en peligro crítico, como el ajolote mexicano, para tener un ‘seguro’ genético contra su posible extinción?

Las implicaciones sociales y éticas de la desextinción son tan complejas como las técnicas científicas involucradas. Por un lado, existe el argumento de la ‘deuda de extinción’: si los humanos causamos la desaparición de una especie, ¿tenemos la obligación moral de intentar revertirla? Este razonamiento es particularmente relevante para especies como la paloma migratoria, que desapareció debido a la caza excesiva a principios del siglo XX. Por otro lado, críticos como el biólogo David Ehrenfeld argumentan que los recursos destinados a la desextinción podrían emplearse mejor en proteger las especies que aún existen, muchas de las cuales están en peligro inminente. En México, donde el presupuesto para conservación es limitado (alrededor de 2,500 millones de MXN anuales según datos del 2025), esta discusión adquiere una urgencia particular.

La tecnología necesaria para la desextinción no existe en el vacío; forma parte de un ecosistema científico más amplio que incluye avances en inteligencia artificial, como los que desarrolla OpenAI para modelar interacciones ecológicas, y en almacenamiento de datos genómicos, similar a los sistemas de baterías a gran escala que están transformando el sector energético en regiones como Andalucía. De hecho, secuenciar y almacenar el genoma completo de una especie requiere capacidades computacionales masivas y soluciones de almacenamiento robustas. Las mismas tecnologías que permiten a servicios como Prime Video ofrecer catálogos extensos de contenido científico-ficticio (como los 23 mejores programas de ciencia ficción que recomiendan actualmente) son fundamentales para manejar los petabytes de datos genómicos involucrados en proyectos de desextinción.

En el contexto mexicano, la desextinción podría tener aplicaciones más allá de lo obvio. Nuestro país es un centro de origen y diversificación de cultivos como el maíz, el frijol y el chile. Muchas variedades tradicionales han desaparecido debido a la homogenización agrícola, llevándose consigo rasgos genéticos valiosos como resistencia a sequías o plagas. Técnicas similares a las usadas en desextinción animal podrían aplicarse para ‘revivir’ estas variedades vegetales perdidas, fortaleciendo la seguridad alimentaria y la resiliencia agrícola frente al cambio climático. Esta aplicación práctica podría hacer que la tecnología sea más accesible y socialmente aceptada que proyectos más mediáticos como revivir mamuts.

El camino hacia la desextinción exitosa está lleno de obstáculos técnicos y biológicos. Incluso si se logra crear un organismo genéticamente similar a una especie extinta, ¿será realmente la misma especie? Los animales no son solo su ADN; son también sus comportamientos aprendidos, sus relaciones ecológicas y, en el caso de especies sociales, su cultura. Un lobo mexicano criado en cautiverio, por ejemplo, necesita aprender de otros lobos cómo cazar y sobrevivir en la naturaleza. Para especies completamente extintas, este conocimiento se ha perdido para siempre. Algunos investigadores proponen usar inteligencia artificial para analizar registros históricos y de comportamiento, similar a cómo Pinterest analiza tendencias para predecir comportamientos futuros, pero la brecha entre datos y realidad viva sigue siendo enorme.

Mirando hacia el futuro, la desextinción probablemente no significará parques llenos de criaturas prehistóricas, sino algo más sutil: la restauración selectiva de especies clave para ecosistemas dañados. En México, esto podría significar reintroducir variedades de peces desaparecidos en cuerpos de agua contaminados una vez que se limpien, o recuperar polinizadores nativos que se han perdido. La tecnología seguirá avanzando, impulsada por la misma curiosidad humana que nos lleva a explorar el espacio o desarrollar dispositivos inteligentes como los presentados en el CES. Pero el verdadero desafío no será técnico, sino ético y social: decidir colectivamente qué especies merecen una segunda oportunidad, y a qué costo.

Mientras tanto, en laboratorios desde la Ciudad de México hasta Monterrey, científicos mexicanos ya están desarrollando experiencia en áreas relacionadas: conservación genética de especies en peligro, biología de la reproducción, ecología de la restauración. Estas capacidades, combinadas con una rica tradición de conocimiento biológico que se remonta a las culturas mesoamericanas, podrían posicionar a México no solo como espectador de la revolución de la desextinción, sino como participante activo. Después de todo, en un país donde el ajolote puede regenerar extremidades completas y el maíz fue domesticado a partir de un pasto silvestre, la idea de dar nueva vida a lo perdido resuena con profundidad cultural y científica.

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