El ADN como detective del tiempo: cómo la genética resuelve crímenes de hace décadas
Imagina un archivo policial cerrado hace 30 años, cubierto de polvo y olvidado en un estante. Dentro, fotos descoloridas, declaraciones contradictorias y una víctima cuyo nombre ya casi nadie recuerda. Durante décadas, ese caso parecía condenado al olvido, hasta que un pequeño frasco con una muestra biológica, guardada casi por casualidad, se convirtió en la llave que abrió la verdad. Esta no es la trama de una serie policiaca, sino la realidad cotidiana de laboratorios forenses en México y el mundo, donde el ADN se ha transformado en el detective más paciente y preciso de la historia.
La revolución silenciosa en los archivos judiciales
La genética forense nació oficialmente en 1984, cuando el genetista británico Alec Jeffreys descubrió que ciertas regiones del ADN variaban tanto entre individuos que podían usarse como una ‘huella digital’ biológica. Pero su aplicación a casos fríos – aquellos sin avances durante años – tardó en llegar. El verdadero punto de inflexión ocurrió cuando los científicos comprendieron que el ADN podía sobrevivir décadas en condiciones adecuadas, incluso en muestras mínimas que los investigadores originales consideraron insignificantes.
En México, este cambio de paradigma ha permitido reabrir investigaciones emblemáticas. ‘Antes, una mancha de sangre seca en la ropa de una víctima era apenas una nota en el expediente’, explica la Dra. Elena Ríos, genetista forense del Instituto Nacional de Ciencias Penales. ‘Hoy, esa misma mancha, correctamente preservada, puede identificar al agresor con una precisión de 99.9999%, incluso si la muestra tiene 40 años’.
La ciencia detrás del viaje en el tiempo genético
¿Cómo funciona esta máquina del tiempo molecular? Todo comienza con la estabilidad extraordinaria del ácido desoxirribonucleico. A diferencia de las proteínas que se degradan rápidamente, las moléculas de ADN pueden mantenerse intactas durante siglos si se evitan condiciones extremas de humedad, calor o luz ultravioleta. Los laboratorios modernos utilizan técnicas como la PCR (Reacción en Cadena de la Polimerasa) que actúa como una fotocopiadora molecular, amplificando cantidades ínfimas de ADN hasta obtener suficiente material para su análisis.
Pero el verdadero avance llegó con las bases de datos genéticas. ‘Cuando resolvimos el caso de ‘La Mujer del Lago’ en 2018, una víctima no identificada desde 1992, no teníamos sospechosos’, relata el investigador Carlos Mendoza de la Fiscalía de Jalisco. ‘Ingresamos el perfil genético en la base de datos CODIS y encontramos coincidencias parciales con familiares lejanos. Siguiendo ese árbol genealógico inverso, llegamos al agresor, quien ya estaba en prisión por otros delitos’.
Los desafíos éticos de desenterrar el pasado
Cada avance tecnológico trae consigo dilemas morales, y la genética forense no es la excepción. ¿Hasta dónde debe llegar la búsqueda de justicia? ¿Qué ocurre con el derecho a la privacidad de familiares que nunca sospecharon que su ADN podría ser usado para investigar a un pariente? En Estados Unidos, el caso del ‘Golden State Killer’, resuelto en 2018 mediante genealogía genética, generó un intenso debate sobre los límites de estas técnicas.
En México, la Ley General en Materia de Desaparición Forzada establece protocolos específicos para el uso de ADN en casos históricos, pero especialistas como la abogada feminista Ana Torres advierten: ‘La tecnología debe servir a la justicia, no al revés. Cuando reabrimos casos de feminicidios de los 80, no solo buscamos culpables, sino que devolvemos la dignidad a mujeres cuyos casos fueron archivados por prejuicios de la época’.
Casos que cambiaron la historia forense
El poder transformador de esta tecnología se hace evidente en casos concretos. En 2021, autoridades de Nuevo León identificaron los restos de una joven desaparecida en 1985 mediante comparación con el ADN de su hermana, quien había donado muestra años antes ‘por si acaso’. En Inglaterra, el asesino en serie Peter Sutcliffe fue vinculado definitivamente a crímenes no resueltos mediante análisis retrospectivo de muestras preservadas desde los años 70.
Pero quizás el caso más fascinante es el de los ‘Niños de la Guerra Civil Española’. En 2022, genetistas utilizaron ADN de descendientes para identificar restos en fosas comunes de los años 30, demostrando que las técnicas forenses pueden trascender no solo décadas, sino contextos históricos completos.
El futuro ya está aquí: lo que viene en genética forense
Las próximas fronteras son aún más prometedoras. La fenotipificación – predecir características físicas como color de ojos, cabello o incluso estructura facial a partir del ADN – ya permite crear retratos robot de sospechosos cuando no hay testigos. La microbioma forense analiza las comunidades bacterianas únicas que cada persona deja en sus pertenencias, creando un ‘segundo perfil’ genético complementario.
En México, el Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad desarrolla técnicas adaptadas a nuestra diversidad genética. ‘La mayoría de bases de datos internacionales tienen sobre-representación europea’, explica el Dr. Fernando Ortega, genetista poblacional. ‘Estamos creando referencias específicas para poblaciones mestizas e indígenas, porque un perfil genético solo es útil si se interpreta en su contexto correcto’.
La justicia como proceso vivo
Lo más profundo de esta revolución no es técnico, sino filosófico. El ADN forense nos recuerda que la justicia no tiene fecha de caducidad. Que un crimen no se olvida cuando se archiva el expediente, sino cuando se encuentra la verdad. En un país como México, con miles de desapariciones no resueltas, esta tecnología representa no solo avance científico, sino un compromiso ético con la memoria.
‘Cada muestra que preservamos es una promesa’, reflexiona la Dra. Ríos mientras muestra un archivador con cientos de pequeños sobres, cada uno etiquetado con una fecha y un nombre. ‘Es la promesa de que, aunque la tecnología de hoy no pueda resolverlo, la de mañana quizás sí. Que aunque los testigos mueran y los recuerdos se desvanezcan, la evidencia biológica sigue hablando en silencio, esperando que aprendamos su lenguaje’.
En la intersección entre herencia genética y memoria colectiva, entre nucleótidos y narrativas históricas, el ADN se ha convertido en algo más que una herramienta forense: es el hilo que conecta pasado con presente, víctimas con justicia, ciencia con humanidad. Y en ese cruce de caminos, cada caso resuelto décadas después nos recuerda que algunas verdades simplemente esperan el momento adecuado para ser contadas.
