Violencia reproductiva en Gaza: cómo el colonialismo israelí USA el cuerpo de las mujeres palestinas como campo de batalla

Violencia reproductiva en Gaza: cómo el colonialismo israelí USA el cuerpo de las mujeres palestinas como campo de batalla

En el corazón del conflicto palestino-israelí, una dimensión menos visible pero profundamente estratégica se desarrolla: la violencia dirigida específicamente contra la capacidad reproductiva de las mujeres palestinas. Esta no es una consecuencia accidental de la guerra, sino una tecnología de poder colonial que busca minar la continuidad misma del pueblo palestino. Para comprender la magnitud de esta violencia, debemos remontarnos a los orígenes del proyecto colonial sionista y su obsesión demográfica con el territorio histórico de Palestina.

Desde 1948, cuando las milicias sionistas expulsaron a más de 750.000 palestinos de sus hogares durante la Nakba, la lógica eliminatoria ha sido una constante. Como señala el académico palestino Joseph Masad, la preocupación por el “balance demográfico” ha estado siempre presente en la retórica y política israelí. Ya en los años 70, la entonces primera ministra Golda Meir expresaba su inquietud por cuántos niños árabes nacerían durante la noche. Esta preocupación se ha traducido en políticas concretas que afectan directamente los cuerpos de las mujeres palestinas.

La construcción de la mujer palestina como amenaza demográfica

En la lógica colonial israelí, las mujeres palestinas han sido históricamente construidas como amenazas demográficas. Como reproductoras de la vida y de la continuidad nacional, sus cuerpos se convierten en campos de disputa política. La declaración de la exministra de justicia israelí Ayelet Shaked, quien afirmó que había que “dispararles a las mujeres palestinas embarazadas porque dan a luz a pequeñas serpientes”, revela la profundidad de esta deshumanización.

Esta visión no es marginal dentro del establishment israelí. Forma parte de una estructura de pensamiento que justifica la violencia reproductiva como herramienta política. La académica gazatí Hala Shoman define esta práctica como “reprocidio”: una forma específica de violencia colonial que apunta a desmantelar las estructuras reproductivas de una población para eliminarla no solo en el presente, sino también en su potencial de futuro.

Manifestaciones concretas de la violencia reproductiva en Gaza

En la Franja de Gaza actual, la violencia reproductiva se manifiesta en múltiples niveles, creando un entorno donde la reproducción de la vida palestina se vuelve prácticamente imposible:

  • Destrucción de infraestructura médica reproductiva: El bombardeo del centro de fertilidad Al Basma en diciembre de 2023, donde un misil destruyó más de 4.000 embriones y más de 1.000 muestras de esperma y óvulos no fecundados, representa un ataque directo a la capacidad reproductiva futura de la población gazatí.
  • Colapso del sistema sanitario materno-infantil: La destrucción sistemática de hospitales, la falta de electricidad para incubadoras, y la escasez de medicamentos esenciales han creado condiciones donde el parto seguro es una excepción.
  • Aumento dramático de complicaciones obstétricas: Entre 2022 y 2025, los abortos espontáneos aumentaron un 300% y la natalidad cayó un 41%. Los partos sin anestesia, las cesáreas de emergencia y las histerectomías realizadas para evitar hemorragias fatales se han multiplicado exponencialmente.
  • Violencia sexual como herramienta de guerra: Las denuncias de violaciones y torturas con impacto directo en la salud reproductiva en centros de detención como Sde Teiman revelan cómo la violencia sexual se utiliza sistemáticamente para quebrar la continuidad del pueblo palestino.

Violencia sexual: una tecnología colonial histórica

La violencia sexual contra las mujeres palestinas no es un fenómeno reciente. Desde la masacre de Deir Yassin en abril de 1948, donde se reportaron violaciones masivas a mujeres y niñas palestinas, esta práctica ha sido parte integral de la tecnología colonial israelí. Como documenta el historiador Ilan Pappé, los líderes sionistas utilizaron el terror sexual como herramienta para forzar el desplazamiento de la población palestina.

Esta violencia no se limita a las mujeres. Hombres y niños palestinos también han sido víctimas de tortura genital, feminización forzada y castración como parte de una estrategia sistemática de dominación. La feminización del enemigo colonizado opera como mecanismo de humillación colectiva y deshumanización.

El dilema ético de la reproducción en condiciones genocidas

Frente a esta realidad, muchas mujeres palestinas enfrentan un dilema ético profundamente doloroso. Como expresó Hala Shoman en agosto de 2024: “Piensen bien antes de traer niños al mundo. Las tasas de aborto espontáneo se han triplicado. Las madres mueren desangradas. No hay leche, ni comida, ni medicamentos”.

Esta decisión de posponer o evitar la reproducción durante el genocidio no representa una derrota, sino una forma de resistencia ética. Se trata de una política del cuidado que busca proteger la vida en condiciones extremas. Como señala Shoman, resistir no significa solo tener hijos; significa hacer posible las condiciones de vida. Y en Gaza hoy, sostener la vida bajo condiciones de muerte es una forma radical de lucha.

Hacia un marco jurídico que reconozca la violencia reproductiva

Uno de los desafíos más importantes en la comprensión internacional de este conflicto es la limitación del marco jurídico actual. El derecho internacional sigue definiendo el genocidio principalmente en términos de cifras de muertos, sin reconocer plenamente formas de aniquilación más sutiles pero igualmente devastadoras.

La destrucción deliberada de la capacidad reproductiva, la imposición del duelo permanente, la clausura del horizonte futuro y la criminalización de la infancia son formas de violencia que requieren reconocimiento jurídico. El concepto de “reprocidio” desarrollado por Shoman ofrece un marco teórico crucial para entender estas prácticas.

Resistencia y agencia femenina palestina

Frente a esta violencia sistemática, las mujeres palestinas no son meras víctimas pasivas. Son sujetas activas de resistencia cuya lucha trasciende la mera supervivencia. En sus cuerpos se inscribe no solo el proyecto de exterminio, sino también la obstinada voluntad de vivir, de continuar, de mantener viva la memoria y la cultura palestina.

Esta resistencia toma múltiples formas: desde la decisión consciente de continuar con embarazos en condiciones extremas hasta la organización de redes de cuidado comunitario, pasando por la documentación meticulosa de los crímenes y la preservación de la memoria histórica. Cada acto de cuidado, cada decisión reproductiva tomada con agencia, cada historia contada, representa un desafío al proyecto colonial.

La historia de las mujeres palestinas es, en esencia, la historia de Palestina misma: una narrativa de resiliencia frente a la ocupación, de continuidad frente al exilio, de vida frente a la eliminación. Mientras siga habiendo vida que se defienda, que se reproduzca, que se narre, habrá futuro para Palestina. Esta no es solo una lucha por la liberación política, sino una batalla por el derecho fundamental a existir, a continuar, a vivir con dignidad en la tierra que durante generaciones ha sido hogar del pueblo palestino.

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