Robin Morgan: la historia que no terminó

Robin Morgan, una de las voces más influyentes del movimiento feminista del siglo XX, falleció recientemente, apenas unas semanas después de conceder su última entrevista. La noticia, confirmada por quienes la conocieron, conmocionó al mundo del activismo y la literatura. Morgan murió pocos días después de Gloria Steinem, su colega y amiga, lo que marcó el fin de una era para el feminismo estadounidense. Para México y América Latina, su legado resuena con fuerza: fue una defensora incansable de la equidad de género y su trabajo sigue inspirando a nuevas generaciones.
Una vida dedicada a la palabra y la acción
Nacida en Nueva York, Morgan creció bajo los reflectores como actriz infantil. A los 4 años ya tenía su propio programa de radio. Sin embargo, pronto dejó la actuación para dedicarse a la escritura. Estudió en la Universidad de Columbia y, a los 17 años, envió un poema a The Sewanee Review. La respuesta llegó dirigida a un “Mr. Robin Morgan”, lo que la llevó a ocultar su género para ser publicada. “Eso fue extraño”, recordó. “Decidí mantener mi género en secreto”. Esta experiencia marcó su conciencia sobre la discriminación en el mundo literario.
En la década de 1960, Morgan se involucró en movimientos de izquierda, pero se sintió frustrada por el machismo imperante. “Las mujeres hacíamos todo el trabajo sucio y los hombres se paseaban como líderes y héroes. Eso me enfureció”, declaró. Su furia la llevó a escribir “Goodbye to All That”, un ataque directo a la izquierda masculina. Fue expulsada de esos círculos, pero encontró su verdadero camino en el feminismo. “Me convertí en feminista”, afirmó.
Amor, pérdida y resistencia
Morgan también habló de su relación con Marilyn, una política neozelandesa de quien se enamoró profundamente. “Me enamoré loca, verdadera, seria, profunda y salvajemente de ella y permanecí enamorada durante 12 años”, confesó. Marilyn fue una figura clave en su vida emocional y política. La ruptura fue devastadora: “Nunca me recuperé del todo”. Para sobrellevarlo, reorganizó su espacio físico, reemplazando una gran obra de arte que le recordaba a Marilyn por una pequeña litografía de Renoir.
En 1962, Morgan se casó con el poeta Kenneth Pitchford, con quien tuvo un hijo, Blake. Aunque se divorciaron en 1990, mantuvieron una relación cercana. En los años 80, Morgan se enfocó en el activismo global. Tras la Conferencia Mundial de las Naciones Unidas en Copenhague (1980), viajó a Filipinas, donde conoció a Gunawa, una mujer indígena que le enseñó el valor de la educación. “Ella se avergonzaba de no saber leer y estaba orgullosa de que sus hijos sí pudieran”, relató Morgan. “Si supiera leer, sabría quién soy, dónde estoy y a dónde voy”, le dijo Gunawa. Esa experiencia la marcó profundamente.
Un legado que continúa
Morgan fue editora de Ms. de 1989 a 1994 y autora de numerosos libros. Su obra Sisterhood is Powerful es un referente del feminismo. A pesar de sus logros, sentía que no había hecho suficiente. “Desearía haber escrito más”, dijo. “Sé que en mi lecho de muerte pensaré: ‘Debí haber escrito más'”.
La enfermedad de Parkinson transformó su cuerpo y su vida, pero ella luchó por “hacer algo con la enfermedad, en lugar de que ella hiciera algo de mí”. Aunque admitió no estar segura de haberlo logrado bien, su valentía es indiscutible.
En su entrevista final, Morgan reflexionó sobre el propósito del feminismo. “Lo que hacemos, tú y yo, no es inimaginable. Estamos añadiendo a ese cuerpo de conocimiento”, dijo. “Es un enriquecimiento fantástico”. Para ella, ser feminista implica llevar la antorcha por otras mujeres que solo quieren aprender, expresarse y ser tratadas con igualdad. “Incluso si no lo logramos, podemos decir: al menos lo intentamos”, concluyó.
La historia de Robin Morgan no termina con su muerte. Su ejemplo de integridad, compasión y lucha incansable sigue vivo en cada mujer que alza la voz por la equidad. Como ella misma dijo: “La historia no ha terminado”.






