Peste negra redujo biodiversidad al abandonar cultivos

Un nuevo estudio publicado el 4 de marzo en la revista Ecology Letters revela que la peste negra, que diezmó a más de un tercio de la población europea en el siglo XIV, también provocó una caída significativa de la biodiversidad. La investigación, liderada por Jonathan Gordon, paleoecólogo del Centro Leverhulme para la Biodiversidad del Antropoceno de la Universidad de York, encontró que en las regiones donde se abandonaron las tierras de cultivo, la diversidad de plantas se redujo hasta en un 40%. El hallazgo es relevante hoy porque sugiere que las prácticas agrícolas tradicionales, lejos de ser un simple impacto negativo, pueden fomentar la biodiversidad, y ofrece lecciones para la agricultura moderna en México y Latinoamérica, donde la monocultura y la expansión agrícola amenazan ecosistemas clave.
El contexto histórico: hambruna y epidemia
El siglo XIV fue una época convulsa para Europa. A principios de siglo, un clima frío y húmedo provocó malas cosechas y hambrunas generalizadas entre 1315 y 1317, conocidas como la Gran Hambruna. Luego llegó la peste negra, una epidemia de peste bubónica causada por la bacteria Yersinia pestis, que mató a más de un tercio de la población europea. Como consecuencia de las muertes masivas y el caos social, grandes extensiones de tierra agrícola quedaron abandonadas. La población no comenzó a recuperarse hasta el siglo XVI.
Este período, según Gordon, es una oportunidad perfecta para estudiar los efectos humanos sobre la biodiversidad a largo plazo. “La peste negra es el momento ideal para observar cómo los cambios en la actividad humana afectan la diversidad de especies”, declaró a Live Science.
Metodología: polen para reconstruir el pasado
Los investigadores analizaron más de 100 registros de polen de toda Europa, con aproximadamente 4,600 muestras. Estos registros provienen de sitios que van desde las tierras bajas de Francia y las tierras altas del suroeste del Reino Unido hasta los Alpes suizos. El polen “nos da información sobre la diversidad pasada de plantas”, explicó Gordon. Por ejemplo, los granos de cereales como trigo, cebada y centeno fueron fundamentales en la agricultura medieval, y su presencia en el polen indica el uso histórico del suelo.
Los investigadores dividieron los datos en tres categorías según la presencia de polen de cereales: lugares donde la producción agrícola aumentó, donde disminuyó y donde no había evidencia de cultivo. “Encontramos una disminución general de la biodiversidad, pero esa disminución fue impulsada por los paisajes donde decayó la producción agrícola”, señaló Gordon. “En esos paisajes, la biodiversidad se redujo alrededor de un 40%. Luego, después de unos 150 años, cuando las poblaciones comenzaron a recuperarse y los disturbios del paisaje aumentaron, la biodiversidad subió ligeramente por encima del nivel anterior”.
La agricultura tradicional como motor de diversidad
El estudio contradice la idea de que la actividad humana siempre reduce la biodiversidad. Según Erle Ellis, agroecólogo de la Universidad de Maryland, quien no participó en la investigación, “los paleoecólogos siempre han sabido que la historia es mucho más complicada”. Existe evidencia creciente de que la configuración cultural de los paisajes a largo plazo a menudo crea hábitats más diversos, conocidos como “mosaicos”, que pueden sostener más especies que los paisajes homogéneos.
Mientras que la agricultura moderna se centra en monocultivos en parcelas, en siglos anteriores “había todo tipo de agricultura operando en el mismo paisaje”, dijo Gordon. “En ese paisaje, había muchas características naturales que permanecían del Holoceno Medio o Temprano: bosques antiguos, brezales, estanques y bosques secundarios. Todo estaba entrelazado con estos mosaicos agrícolas, lo que aumentaba la biodiversidad porque había más hábitats para que las diferentes especies de plantas se establecieran”.
Implicaciones para la agricultura moderna
Los hallazgos resaltan las diferencias entre las prácticas medievales y modernas de uso del suelo. Investigaciones sugieren que durante el siglo XX, la biodiversidad global disminuyó hasta un 11%, y las actividades humanas como el cambio de uso del suelo, la contaminación y el cambio climático son los principales culpables. En la agricultura, la monocultura —cultivar una sola especie en grandes extensiones— reduce la biodiversidad.
Patrick Roberts, director del Departamento de Coevolución del Uso del Suelo y Urbanización del Instituto Max Planck de Geoantropología, comentó que “este trabajo contribuye a mostrar que, hasta hace relativamente poco, incluso en Europa, se practicaban formas muy diferentes de gestión del territorio e interacción con el medio ambiente”. En lugar de la monocultura y los cambios uniformes del paisaje de los siglos XX y XXI, “se enfatizaba el mantenimiento de ‘mosaicos'”.
Para México y Latinoamérica, donde la agricultura familiar y los sistemas tradicionales como la milpa aún persisten, este estudio subraya la importancia de mantener la heterogeneidad del paisaje. La milpa, que combina maíz, frijol y calabaza, es un ejemplo de mosaico agrícola que puede favorecer la biodiversidad. Sin embargo, la expansión de monocultivos como la soya y el maíz transgénico amenaza estos sistemas.
Diversidad funcional: la próxima frontera
Gordon señala que aún queda mucho por entender sobre cómo la desaparición humana de los paisajes afectó al mundo natural. “Hay muchos otros tipos de diversidad, no solo el número de tipos, sino lo que hacen los diferentes tipos”. Puede haber cien tipos de plantas en un paisaje, pero si hacen lo mismo, “tienes baja diversidad funcional”. La diversidad funcional “es súper importante para cómo los ecosistemas se adaptan a los cambios climáticos y su resiliencia, algo que necesitamos para preparar nuestro sistema agrícola para el futuro”.
El estudio, titulado “Black death land abandonment drove European diversity losses”, fue realizado por Gordon, J. D., Fagan, B., Finch, J., Gillson, L., Milner, N., & Thomas, C. D. (2026) y publicado en Ecology Letters. Los hallazgos invitan a repensar la relación entre agricultura y biodiversidad, y a valorar las prácticas tradicionales que, como en la época medieval, pueden ser aliadas de la naturaleza.






