China vs. EE. UU.: ingenieros vs. abogados en el gobierno

China vs. EE. UU.: ingenieros vs. abogados en el gobierno

En el panorama global actual, las comparaciones entre China y Estados Unidos suelen centrarse en ideologías políticas o sistemas económicos. Sin embargo, Dan Wang, investigador de la Hoover Institution, propone en su nuevo libro ‘Breakneck: China’s Quest to Engineer the Future’ un enfoque fresco: analizar estas superpotencias a través de la formación académica de sus élites gobernantes. Mientras en Washington predominan los abogados, en Pekín los líderes suelen tener en ingeniería civil o defensa. Esta diferencia, según Wang, moldea profundamente sus estilos de gobierno: los abogados priorizan el cumplimiento normativo y la paciencia, mientras los ingenieros prefieren actuar rápido, construir a gran escala y lidiar después con los costos.

El contraste se vuelve tangible al observar proyectos de infraestructura. Wang menciona el caso de Wuhan, donde en solo cuatro años se construyeron siete nuevas líneas de metro, sumando casi 160 km. Mientras, Nueva York no ha aprobado una línea importante desde 2007. Aunque inicialmente hubo críticas locales—el alcalde de Wuhan fue apodado ‘Alcalde Excava todo’—, ahora es recordado con cariño tras la transformación urbana. Wang argumenta que EE. UU. debería recuperar su músculo ingenieril, como en épocas del Proyecto Manhattan o las misiones Apolo, sin necesidad de imitar por completo a China. Su receta: que Estados Unidos sea un 20% más ingeniero y China un 50% más abogada, buscando un equilibrio entre eficiencia y garantías procesales.

Pero el ‘Estado de ingeniería’ también tiene sus sombras. Wang señala que China a veces trata a la sociedad y economía como problemas técnicos, con resultados contraproducentes—como políticas de control natal que luego se revierten—, porque estos sistemas son más complejos que una presa hidroeléctrica. La experiencia zero-covid mostró cómo la línea entre racionalidad e irracionalidad puede difuminarse. Para las empresas, un gobierno de ingenieros puede ser atractivo por su enfoque en resultados y regulaciones pragmáticas, como ejemplifica Elon Musk alabando a líderes chinos que facilitaron la Gigafactory de Tesla en Shanghái. Sin embargo, la incertidumbre por cambios bruscos de política también genera riesgos.

En última instancia, Wang no busca declarar ganadores, sino entender cómo cada enfoque aporta strengths y debilidades. La clave está en aprender mutuamente: EE. UU. podría beneficiarse de mayor agilidad constructiva, y China de más contrapesos legales. Como sugiere el autor, a veces ‘tragarnos el orgullo’ y adoptar lo mejor de cada modelo podría ser el camino más sensato para ambos gigantes globales.