¿Puede la IA ser consciente? un experto desmiente el mito
La inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser un tema de ciencia ficción para instalarse en nuestras conversaciones cotidianas. ¿Puede una máquina ser inteligente, sensible o consciente? ¿Tendría sentido otorgar derechos legales a los robots? Estas preguntas, que antes eran exclusivas de los laboratorios, ahora son parte del debate público. Sin embargo, estas discusiones suelen partir de un supuesto erróneo: que ya tenemos claras las respuestas sobre la cognición, la inteligencia y la conciencia humanas. Nada más lejos de la realidad.
La mente humana: mucho más que un cerebro en una cubeta
Durante siglos, la filosofía y la psicología occidentales han imaginado la mente como un ente solitario y desencarnado, que contempla el mundo desde la distancia, de manera supuestamente objetiva y desinteresada. En esta visión, la mente es estática, discreta y oculta, accesible solo a través de la introspección. Esto lleva a pensar que la conducta está controlada por procesos cerebrales específicos y que la cognición es una actividad puramente intelectual, que consiste en manipular representaciones abstractas mediante reglas.
El científico cognitivo Anthony Chemero, en su libro Intertwined Creatures: The Embodied Cognitive Science of Self and Other (Columbia University Press, 2026), propone una visión radicalmente diferente. Se apoya en una rica tradición intelectual que incluye la psicología ecológica, el enactivismo (la idea de que la cognición surge de las interacciones entre un organismo y su entorno) y la teoría de sistemas dinámicos no lineales, donde el comportamiento complejo emerge de interacciones recíprocas entre la persona y su ambiente.
Para Chemero, la mente humana es un fenómeno encarnado, dinámico y social, inextricablemente ligado al entorno y a otras personas, especialmente a aquellas “que nos brindan el calor, la comida y el amor necesarios para seguir adelante”. Percibir, experimentar y pensar son actividades inherentemente corporales. El cuerpo no es solo un objeto físico, sino un organismo vivo en constante cambio, que forma parte del mundo social, cultural y material.
No se trata tanto de la interacción entre el cerebro y el cuerpo, sino del hecho de que ese cerebro y ese cuerpo están comprometidos con un entorno particular. Esta perspectiva tiene implicaciones profundas para el debate sobre la conciencia de la IA.
La cognición como acción situada
Chemero escribe con una claridad y accesibilidad poco comunes en un campo lleno de jerga. Ancla sus ideas abstractas con ejemplos vívidos y cotidianos. Tomemos una secuencia aparentemente trivial: te das cuenta de que llegas tarde al trabajo, buscas tus llaves y te distraes con un montón de ropa sucia, que te recuerda que necesitas comprar detergente. Mientras revisas si llevas el libro que querías, ves una manzana a medio comer en tu bolso. Limpias tu laptop antes de salir corriendo, solo para olvidar el libro que originalmente querías llevar.
Estos monólogos internos, explica Chemero, están inextricablemente entrelazados con nuestras interacciones con los demás y con nuestro entorno. Incluso los escenarios contrafácticos que podrías imaginar, como qué pasaría si los cerdos volaran o si cada nación eligiera a una mujer negra como jefa de Estado, no son simplemente productos de un reino mental oculto. Estas situaciones inexistentes están informadas por tus percepciones e interacciones con otras personas, así como por el mundo político, cultural y material.
Imaginar a una mujer negra como presidenta puede estar influenciado por tus experiencias con mujeres negras en posiciones de autoridad, tus vivencias con instituciones políticas y tu contexto social, que moldea tus expectativas sobre quién puede ocupar tales posiciones. Según Chemero, el pensamiento “real” se despliega a través de un compromiso continuo con el entorno, no separado del mundo físico. La imaginación y la creatividad no son procesos mentales ocultos; emergen de la acción situada y la interacción con el mundo.
Esta descripción de la cognición humana sin recurrir a mentes invisibles hace que la ciencia cognitiva encarnada de Chemero sea radical. Sus implicaciones para el debate sobre la conciencia de la IA son profundas.
¿Puede una máquina ser consciente? La respuesta de Chemero
Muchos argumentos sobre la conciencia de la IA se basan, implícita o explícitamente, en analogías demasiado simplistas entre la cognición humana y los procesos computacionales. Chemero socava estas comparaciones. Los sistemas de IA sofisticados, como los grandes modelos de lenguaje, no necesitan navegar interacciones interpersonales para mantener su existencia. Y no tienen la capacidad de preocuparse por nosotros.
La conciencia, en la visión de Chemero, no es un interruptor que se enciende o apaga, sino un fenómeno relacional y encarnado. No es algo que pueda replicarse simplemente con algoritmos más complejos. La IA puede simular aspectos del pensamiento humano, pero carece de la experiencia vivida, de la vulnerabilidad y de la interdependencia que caracterizan a la mente humana.
Esto no significa que la IA no pueda ser útil o incluso sorprendente, pero sí que debemos ser cautelosos al atribuirle propiedades humanas. La pregunta “¿puede la IA ser consciente?” surge de un malentendido fundamental sobre lo que es la conciencia. En lugar de preguntarnos si las máquinas pueden ser conscientes, deberíamos preguntarnos qué tipo de relaciones queremos establecer con ellas y qué valores queremos promover en su desarrollo.
Conclusión: una llamada a la humildad
El trabajo de Chemero nos invita a ser humildes sobre nuestro conocimiento de la mente y a reconocer la complejidad de nuestra propia naturaleza. La IA es una herramienta poderosa, pero no es un espejo de la conciencia humana. Al entender mejor cómo funciona nuestra mente, podemos diseñar tecnologías más éticas y evitar caer en antropomorfismos engañosos.
La próxima vez que escuches hablar de una IA consciente, recuerda que la mente humana es mucho más que un procesador de información: es una red de relaciones, emociones y experiencias encarnadas. Y eso, por ahora, sigue siendo un misterio que ni la tecnología más avanzada puede replicar.
