Racismo en Argentina: la discriminación que negamos
En la estación Dorrego del subte de Buenos Aires, Osqui Guzmán bajaba las escaleras hablando por teléfono con su pareja. Sin mediar palabra, una policía le pidió sus documentos. Le preguntó si era peruano, lo llamó “chorro” y lo golpeó dos veces con la macana en la cabeza. Este hecho no fue un caso aislado ni un exceso individual: forma parte de un racismo institucionalizado que opera en la Ciudad de Buenos Aires.
El racismo que no reconocemos
En Argentina, solemos pensar que el racismo es un problema de otros países. Nuestra historia no es la de Estados Unidos o Brasil, y no tenemos las mismas políticas migratorias que Europa. Pero esto no significa que estemos exentos de discriminación. La investigadora jamaiquina Danielle Roper señala que “la realidad de la fluidez racial no contradice la persistencia generalizada de la discriminación; por el contrario, con frecuencia ha contribuido a ocultarla como una realidad vigente”.
El racismo en Argentina se manifiesta a través de procesos de racialización que distribuyen de manera desigual el control estatal, la sospecha y el acceso a derechos. Decide qué cuerpos serán controlados por la policía, qué familias serán desalojadas sin garantías, qué barrios tendrán vigilancia permanente y quiénes deberán demostrar una y otra vez su derecho a quedarse.
Racialización de la pobreza
La racialización no opera al margen de la desigualdad: racializa la pobreza y convierte a los sectores populares en poblaciones sospechosas. La sospecha recae sobre la mujer andina que trabaja en un taller, el albañil del norte, la familia campesina, el vendedor afro, el repartidor venezolano, el joven de una villa o las comunidades indígenas que resisten el robo de tierras.
Esta lógica se ha visto reforzada por políticas migratorias restrictivas. En 2017, el gobierno de Mauricio Macri modificó la política migratoria mediante un decreto que facilitó expulsiones y dejó a miles de migrantes en situación de vulnerabilidad. Más recientemente, el gobierno de Javier Milei endureció aún más las políticas migratorias, obstaculizando el acceso a la salud, la educación y la ciudadanía, y trasladando la política migratoria al Ministerio de Seguridad.
El blindaje de la Ciudad y los desalojos
El jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Jorge Macri, ha anunciado el blindaje de los accesos a la ciudad, con retenes policiales y operativos que se guían por un “olfato racializado”. Esta lógica también organiza los desalojos por supuestos riesgos de derrumbe, donde familias enteras son expulsadas sin control judicial, dejando atrás sus pertenencias y viendo interrumpida su vida cotidiana.
En muchos casos, no hay dueños que reclamen las viviendas, pero las familias son desalojadas de todos modos. Esta política de limpieza social tiene un fuerte respaldo electoral: una encuesta de DC Consultores muestra que el 52% de los consultados apoya la continuidad del gobierno, y Jorge Macri alcanza un 61,8% de imagen positiva.
Los guiones raciales en la política
Thomas F. DeFrantz y Anita González, en su libro Black Performance Theory, explican que “las ficciones nacionalistas repetidas no sólo produjeron relatos nacionales que celebraban un protagonista mestizo o marrón; paradójicamente, también produjeron guiones raciales que funcionaron como instrumentos de diferenciación y mantuvieron las jerarquías raciales”.
En Argentina contemporánea, estos guiones se activan cuando la raza se cruza con la pobreza. No cualquier cuerpo marrón, sino el cuerpo marrón empobrecido. La persecución de vendedores ambulantes, el hostigamiento policial en ciertos barrios, los desalojos y las políticas migratorias forman parte de una misma racionalidad política: administrar poblaciones pobres y racializadas para marginarlas y excluirlas del reconocimiento de derechos.
El racismo como promesa electoral
Como nunca antes, el racismo se ha convertido en una promesa electoral. Jorge Macri construye su carrera política radicalizando una agenda de mano dura y limpieza social, con eslóganes que parecen importados del Partido Republicano estadounidense. El blindaje de la ciudad, la persecución de vendedores ambulantes, los desalojos y la construcción de enemigos internos forman parte de una misma gramática política.
Patricia Bullrich, ministra de Seguridad, se reunió y se tomó fotos con una abogada argentina detenida en Brasil por insultos raciales. Estas escenas reflejan las formas contemporáneas del racismo en Argentina, que construye mayorías alrededor de políticas que deciden qué cuerpos serán controlados, qué personas serán precarizadas y qué vidas serán consideradas con menos dignidad.
Reconocer el racismo para combatirlo
Es un desafío reconocer el racismo que sí alojamos y tomar medidas para combatirlo. No se trata de importar experiencias de otros países, sino de mirar nuestras propias miserias y formas de exclusión. Solo así podremos avanzar hacia una sociedad más igualitaria y justa, donde el color de piel o el origen no determinen el trato que recibimos.
