Violencia sexual en la música: el silencio que mata carreras
La violencia sexual en la industria musical no es un tema nuevo, pero sigue siendo un tabú. A pesar de los datos que evidencian su prevalencia, el silencio y la complicidad persisten. ¿Por qué? Porque el problema no es el tema, sino quién tiene el micrófono.
Un silencio ensordecedor
Hace días, una cantante me confesó su incomodidad cuando mencioné género, desigualdad y violencia en una entrevista. No fue una discusión acalorada, sino ese gesto mínimo que las mujeres aprendemos a leer: el “mejor no hablemos de esto”. Minutos después, me escribió por DM para explicar su reacción. No estaba acostumbrada a que se nombrara siquiera la desigualdad y la violencia que vivimos las mujeres en la música. Su sorpresa confirmó un síntoma: el silencio sigue mandando detrás del escenario.
Si hablar de violencia sexual sigue siendo una rareza en la industria musical, es que el problema no es el tema. Es el gremio. Es el relato. El problema es quién tiene el micrófono. La prensa musical sigue siendo un catálogo de hombres. Y si el catálogo lo escriben ellos, no es difícil imaginar qué se queda fuera: lo que les incomoda, lo que les interpela, lo que rompe el pacto patriarcal.
Datos que gritan
La realidad no es delicada. Es brutal. Y está documentada. MIM (Mujeres en la Industria de la Música) difundió datos en 2024: 3 de cada 5 mujeres han sufrido acoso sexual y 1 de cada 5 ha sufrido agresión sexual, según el Estudio 2024 “BE THE CHANGE | Equidad de género en la música”. Traducido: esto no es un caso aislado, es un patrón.
En Australia, el informe “Raising Their Voices” —basado en casi 1,300 encuestas y más de 300 testimonios— revela que el 55% de los participantes sufrió acoso sexual laboral alguna vez. Entre mujeres, el porcentaje sube al 72%, y entre personas de género no binario alcanza el 85%. No es un tema de artistas: es un tema de estructuras. De poder. De quién decide. De quién cobra. De quién manda. Y de qué puede pasar cuando alguien denuncia.
En el Reino Unido, el Sindicato de Músicos (MU) lo deja claro: el acoso sexual es demasiado frecuente a lo largo de la carrera musical. Se normaliza. Se espera. Se asume. Y eso no es una frase. Es una condena social: si lo esperas, lo toleras; si lo toleras, lo perpetúas.
La impunidad de los festivales
Entonces, si las violencias están nombradas, cuantificadas y estudiadas, ¿qué falta? Falta lo más difícil: que tengan consecuencias. La industria musical no solo produce discos, giras y festivales. Produce un orden y un sistema de permisos. Un mapa mental donde la violencia se tapa si el agresor vende, si el nombre pesa, si el artista es un referente. Y así, lo insoportable se convierte en debate, y lo urgente se convierte en matiz.
Por eso importa tanto lo que programan los festivales. Porque el cartel no es solo entretenimiento: es el statu quo. Hace poco, el comunicador musical Ipanema Leaks se preguntaba en una editorial si la edición 2026 de Resurrection Fest está contribuyendo al lavado de cara de Marilyn Manson. La pregunta es legítima aunque incomode. Este año el festival programa como cabeza de cartel a Marilyn Manson, un hombre con múltiples acusaciones por agresión sexual, aunque nunca condenado.
No es el único caso. En 2018, Resurrection canceló la actuación de As I Lay Dying tras la polémica por su vocalista Tim Lambesis, condenado por intentar contratar a un sicario para matar a su mujer. En 2025, programó como cabeza de cartel a Till Lindemann, vocalista de Rammstein, en medio de una polémica por acusaciones y una investigación en Berlín, archivada después por falta de pruebas. Los carteles cambian, la fórmula no. Se espera a que pase el ruido. Se practica el low profile. Se gana tiempo. Y cuando el ciclo mediático se agota, se vuelve a colocar al nombre cuestionado. Arriba del todo.
El pacto patriarcal en la música
Que un hombre comunicador decida romper el pacto patriarcal con un micrófono no debería parecernos excepcional. Debería ser lo mínimo. Porque mientras la industria se protege a sí misma, se pierden carreras. Se pierden cuerpos seguros. Se pierden ganas de crear. Y no hay canción ni melodía que compensen un mundo donde la música también da miedo.
Cuando aquella cantante me escribió entendí algo simple: no estamos acostumbradas a que se nos pregunte por esto. No porque no exista, sino porque la industria ha conseguido que parezca que no se habla. O que si hablas, te la juegas. Pero si no se habla, no existe. Y si no existe, nadie se hace responsable.
Por eso escribo esto. Para que el silencio deje de ser el lenguaje oficial de la industria musical. Para que las denuncias tengan consecuencias. Para que los festivales dejen de ser cómplices. Y para que las mujeres y disidencias podamos crear sin miedo.
