Mujeres rurales y celular: detrás de la opacidad digital

Un grupo de mujeres productoras de alimentos de la organización Mujeres de la Tierra, en la provincia de Buenos Aires, Argentina, utiliza a diario WhatsApp, Instagram y billeteras digitales como Mercado Pago o Cuenta DNI para vender y organizarse. Sin embargo, muchas de ellas no comprenden las reglas que rigen estas herramientas: comisiones, manejo de datos, ofertas de crédito. La investigación Trabajadoras de la tierra, tecnologías digitales y reproducción de la vida, realizada en 2026 por la red Las Escuchadoras, documenta esta realidad y advierte sobre una ‘opacidad’ que afecta la economía y la autonomía de las mujeres rurales. El tema cobra relevancia este 15 de octubre, Día Internacional de las Mujeres Rurales, y se publica cuando en Argentina el pago digital se masifica: solo en agosto de 2026 se realizaron 779 millones de transferencias inmediatas y más de 117 millones de pagos con QR, según el Banco Central.
La tecnología que no se entiende
“Mandamos WhatsApp, tenemos una billetera virtual, pero no entendemos mucho el celu. No sabemos lo que hay detrás de este celular y cómo nos podemos beneficiar”, dice Carolina Rodríguez, productora y referente de Mujeres de la Tierra. Esa frase resume la paradoja que la investigación pone sobre la mesa: las trabajadoras de la tierra usan las aplicaciones porque las necesitan para vender, pero desconocen las reglas del juego. La falta de claridad se mezcla con la necesidad: la venta tiene que hacerse igual.
El estudio, coordinado por Mariana Paterlini y Agustina Frontera, combinó escucha digital y comunitaria durante 2026. Las investigadoras siguieron el recorrido de un bolsón de verduras y encontraron que las plataformas digitales están involucradas en cada etapa, pero las productoras no tienen poder sobre ellas. “Se puede tener una herramienta disponible y tener conectividad, pero eso no significa tener poder sobre ella”, señalan.
Opacidad: la palabra que define la experiencia
Las mujeres entrevistadas describen situaciones concretas: “Apretás un botón y te endeudás”, dice una. Otra confía más en Cuenta DNI, la billetera del banco provincial, que en Mercado Pago, una corporación. La investigación llama a esto ‘opacidad’: las productoras conocen las aplicaciones porque las usan, pero queda oculto cuánto cobran, qué retienen, cómo deciden, dónde circulan los datos y qué riesgos implica aceptar determinada operación.
La facilidad para abrir una billetera digital en minutos convive con una economía del cuidado donde los ingresos entran y salen el mismo día, con ventas pequeñas y con economías domésticas donde cada monto recibido ya tiene destino asignado. En ese contexto, las ofertas de créditos e inversiones con narrativas que apelan a “hacer rendir el saldo” resultan ajenas: “Nunca tuve la experiencia de hacer la plata incrementarse en Mercado Pago porque nunca tuve plata ahorrada”, dice otra de las trabajadoras.
La deuda aparece narrada junto a la bronca y la incertidumbre. Compartir esas experiencias permitió a varias reconocer que la dificultad no es una “torpeza individual” sino que el sistema tecnofinanciero está estructurado sobre una arquitectura opaca que juega con los sentimientos y la necesidad. “El modelo de negocios es justamente explotar nuestra precariedad”, sostienen las investigadoras.
So蜂beranía tecnológica: la pregunta pendiente
Las trabajadoras de la tierra conocen desde hace años el concepto de soberanía alimentaria: quién decide qué se produce, cómo se produce y para quién. Ahora, la investigación traslada esa pregunta al terreno digital: ¿qué significaría tener soberanía sobre las tecnologías que hoy forman parte del mismo recorrido? “¿Cómo podemos tener aplicaciones propias o de soberanía nacional que no nos cobren comisiones abusivas?”, se preguntan.
No hay una aplicación soberana esperando al final del camino, pero sí una voluntad de entender juntas: saber qué pasa con una transferencia, advertir sobre una estafa, conversar sobre privacidad, repartir la tarea de comunicación. En el mundo tecnológico se habla mucho de innovación y poco de quién puede preguntar sin sentir vergüenza.
El trabajo invisible de la comunicación
Instagram puede mostrar una verdura, WhatsApp puede recibir el pedido y una billetera puede mover el dinero. Pero para que todo eso ocurra alguien tuvo antes que arrendar la tierra, prepararla, conseguir las semillas, plantar, cuidar, cosechar, ordenar, cargar y llevar. ¿Quién cuenta todo el proceso? No los influencers agroecológicos. La investigación reconstruyó el circuito: redes sociales, contacto o pedido, coordinación, nodo de consumo, logística y entrega. Detrás de cada flecha hay un trabajo combinado entre lo presencial y lo digital.
Las plataformas exigen continuidad: historias, reels, comentarios, mensajes, fotos. La tierra tiene sus propios tiempos y alrededor de ella hay cuidados, viajes, reuniones, ventas y problemas que resolver. “Me parece importante nuestra voz”, dice una integrante. “Tenemos la vivencia del territorio”, responde otra. Pero el trabajo de comunicación recae sobre alguien y, en proyectos pequeños, rara vez existe un equipo dedicado. Es tiempo que sale de algún lado, y cuando hablamos de mujeres, ese algún lado suele estar ya ocupado por trabajo productivo, comunitario y de cuidados.
Redes, racismo y exposición
“Nos cuesta poner la cara en redes”, dicen las trabajadoras. La frase no habla solo de timidez. En los materiales de la investigación se repite una sensación: la pantalla puede parecer un territorio ocupado por otra gente. Influencers urbanos, cuerpos que responden a otras referencias de clase y de origen étnico o cultural, a otros modos de hablar y mostrarse. Entre las participantes hay mujeres campesinas, indígenas y migrantes. Hablan de racismo, discriminación y discursos de odio en internet.
Las redes pueden ser también un lugar de disfrute: “TikTok es mi locura”, dice una de las participantes. Pero mirar es una cosa y prender la cámara y ponerse una misma en el centro es otra. Cuando las productoras rurales prueban hacerlo, la incomodidad está ahí, pero también el resultado. Lo importante es que una trabajadora pueda decidir si quiere mostrar su cara, sus manos, una cosecha, el estado de una planta, y que esa imagen pueda contar todo el trabajo que realiza.
Comprar un proyecto, no solo una lechuga
“La gente no solo está comprando una lechuga, está comprando un proyecto. Mi plato lo estoy llenando de mujeres que luchan”, dice una productora. Esa idea vuelve cíclicamente. Comprar a una organización de mujeres campesinas puede incluir otras decisiones: qué tipo de producción se sostiene, cómo se cuida un territorio, qué redes permiten a una mujer tener ingresos propios, qué relaciones se construyen entre quienes producen y quienes comen.
Mujeres de la Tierra trabaja además en acompañamientos frente a violencias de género y en tareas comunitarias que difícilmente entren en la foto de un bolsón de verduras. Para ellas, ir a una actividad en la sede tiene valor por algo tan básico como salir de la casa y encontrarse con otras mujeres. La comercialización es mucho más que una compra-venta: aparece vinculada con la autonomía de mujeres que atraviesan situaciones de violencia económica.
Una advertencia para tecnólogos y políticas públicas
La investigación deja una advertencia hacia quienes trabajan en tecnología, políticas públicas, comunicación o investigación. Llegar a un territorio con la idea de “cerrar una brecha” puede ocultar todo lo que ya existe. Estas mujeres sostienen desde hace años circuitos de venta, nodos de consumo, redes de cuidado, producción agroecológica y acuerdos logísticos que funcionan con celular y sin celular.
Una aplicación puede resultar útil y al mismo tiempo quitar autonomía. Una red puede dar visibilidad y pedir una exposición agotadora. Una billetera permite cobrar a cincuenta kilómetros y también instala reglas que nadie explica. Las mujeres viven esas tensiones todos los días, sin necesidad de ponerles nombres sofisticados. “Somos diversas”, aseguran. Algunas producen verduras, otras flores y plantas; hay quienes venden, quienes organizan bolsones, quienes se acercan a un taller o necesitan acompañamiento en un momento de su vida.
En 2026, muchas de esas manos que antes solo sostenían tierra también sostienen un teléfono, tocan un QR, contestan un pedido, miran TikTok, reciben una transferencia, buscan un tutorial y dudan antes de aceptar un préstamo. Preguntar qué hay detrás de ese celular abre una conversación incómoda porque la respuesta lleva lejos: empresas financieras, algoritmos, datos, comisiones y desigualdades que vienen de antes de internet. También hay compañeras que se enseñan entre sí, proyectos que encontraron nuevas formas de vender y una experiencia política acumulada que sirve para mirar la tecnología sin reverencia.






