Feminismo de clase: el derecho al descanso y al turismo

Feminismo de clase: el derecho al descanso y al turismo

El debate sobre el turismo debe abordar qué formas de descanso y de movilidad podemos universalizar sin destruir las condiciones materiales que las hacen posibles. En el capitalismo, la explotación no recae únicamente sobre las personas y la fuerza de trabajo: también se explotan los territorios. En muchos lugares, el turismo se ha convertido en una de las principales formas de esta explotación. Barrios, costas, paisajes y ciudades dejan de ser concebidos prioritariamente como espacios para vivir y pasan a ser tratados como recursos de los que extraer rentabilidad.

La lógica de la explotación territorial

Masificación y elitización, aunque aparentemente sean fenómenos opuestos, pueden formar parte de una misma lógica. Un territorio puede ser explotado concentrando en él a millones de visitantes, pero también convirtiéndolo en un espacio exclusivo accesible únicamente para rentas altas. En ambos casos, el valor de uso del territorio —vivir en él, relacionarse con él, descansar y disfrutarlo— queda subordinado a su valor económico.

La contradicción es especialmente evidente en los territorios dependientes del turismo. Generan una enorme cantidad de riqueza mientras una parte de su población tiene cada vez más dificultades para acceder a la vivienda. La clase trabajadora es imprescindible para sostener hoteles, restaurantes, comercios, transportes, limpieza y cuidados, pero al mismo tiempo es progresivamente desposeída del mismo territorio que mantiene en funcionamiento. Trabaja en territorios en los que cada vez le resulta más difícil poder vivir. A esta expulsión se suma un modelo laboral construido sobre salarios bajos, temporalidad, estacionalidad y precariedad.

Y estas desigualdades tampoco son neutras desde una perspectiva de género: una parte fundamental de los trabajos que sostienen materialmente la experiencia turística, como la limpieza, los cuidados, la restauración y otros servicios, recae sobre mujeres trabajadoras y, particularmente, sobre mujeres migrantes.

El problema no es que la clase trabajadora viaje

Pero señalar este modelo no debería conducirnos a una conclusión equivocada: el problema no es que la clase trabajadora viaje, descanse o disfrute de las vacaciones, el problema es un modelo económico que convierte tanto el territorio como el propio deseo de descansar en una oportunidad de acumulación. Criticar el modelo turístico capitalista no significa defender la eliminación del turismo. Mucho menos significa renunciar a las vacaciones, al viaje, al descanso o a la posibilidad de conocer otros lugares.

Precisamente porque partimos de una perspectiva de clase, deberíamos recordar que disponer de tiempo libre y vacaciones pagadas no ha sido siempre una realidad para las clases trabajadoras: es una conquista social, el resultado de una lucha histórica por arrancar tiempo de vida al capital. Por eso necesitamos separar dos cosas que con demasiada frecuencia se confunden: la crítica a la industria turística y el hecho de que millones de personas quieran hacer turismo.

Descansar no es un capricho burgués. Tener tiempo para no producir, salir de la rutina, bañarse en el mar, descubrir otro territorio, pasar unos días con la familia y las amistades o simplemente no tener que trabajar forma parte de una vida digna. Una política emancipadora no puede consistir en pedir a las clases trabajadoras que reduzcan indefinidamente sus deseos mientras una minoría continúa acumulando propiedades, territorio, tiempo y posibilidades de disfrute.

La lucha por el tiempo y la reproducción social

Esta idea no es ajena a la tradición marxista. Marx vincula el desarrollo de las fuerzas productivas con la posibilidad de reducir el tiempo de trabajo necesario y ampliar el tiempo disponible para el desarrollo de los individuos. La contradicción es que, bajo el capitalismo, el aumento de la productividad no tiene como finalidad liberar tiempo de vida, sino que ese tiempo potencialmente disponible queda subordinado a la producción de trabajo excedente y a la acumulación.

La lucha obrera, por tanto, nunca ha sido exclusivamente una lucha por el salario. Ha sido también una lucha por el tiempo: por la reducción de la jornada, por el descanso semanal, por las vacaciones pagadas, por la jubilación y, en definitiva, por el derecho a disponer de una parte de la vida fuera de las exigencias de la producción.

La lucha por el tiempo también debe tener en cuenta el trabajo necesario para sostener la vida. La teoría de la reproducción social apunta que el capitalismo no se organiza únicamente alrededor del trabajo productivo, sino que necesita también todo aquel trabajo que permite sostener y reproducir la vida y la propia fuerza de trabajo. Cocinar, limpiar, cuidar, organizar y anticipar necesidades forman parte de este trabajo reproductivo, que ha recaído históricamente y continúa recayendo mayoritariamente sobre las mujeres.

Esta perspectiva permite entender que salir del trabajo asalariado no significa necesariamente disponer de tiempo propio, del mismo modo que tener vacaciones no significa necesariamente descansar. Esta desigualdad también está marcada por la clase. Las mujeres de clase trabajadora no dejan automáticamente de cuidar cuando están de vacaciones, mientras que las mujeres de las clases profesionales y burguesas disponen de más recursos para externalizar una parte de este trabajo. La externalización de los cuidados no elimina el trabajo reproductivo, sino que lo redistribuye de manera desigual entre mujeres de diferentes posiciones de clase.

El todo incluido y la contradicción del cuidado

Esto también permite mirar de otra manera algunas formas de turismo. Un paquete vacacional, una pensión completa o una pulsera de todo incluido pueden resultar atractivos no solo por el precio. También pueden significar, durante unos días, no tener que comprar, cocinar, poner la mesa, lavar los platos u organizar una parte de la vida cotidiana. Para muchas mujeres, esta reducción del trabajo reproductivo forma parte también del descanso.

Esto no convierte el “todo incluido” en emancipador. Puede estar construido sobre salarios bajos, explotación laboral e impactos territoriales y ecológicos profundos. De hecho, aquí aparece una contradicción central para un feminismo de clase: la liberación temporal del trabajo reproductivo de unas mujeres puede descansar sobre el trabajo remunerado y precarizado de otras. Por eso la respuesta no puede ser moralizar el deseo de la mujer trabajadora de pasar una semana sin cocinar, limpiar u organizarlo todo. El problema no es querer liberarse de este trabajo, sino que esa liberación recaiga sobre otras mujeres en condiciones precarias. Democratizar los placeres significa también democratizar el derecho efectivo a descansar.

Esta mirada feminista amplía, así, la lucha obrera por el tiempo y nos permite entender la democratización de los placeres como una cuestión a la vez de clase y de género.

Límites ecológicos y la trampa de la renuncia

Pero esta reivindicación del derecho al descanso plantea hoy otra tensión: la de los límites ecológicos y territoriales. Ante la crisis ecológica, la saturación turística o la destrucción de los territorios podemos caer en una respuesta aparentemente progresista pero profundamente problemática: construir una nueva moral de la renuncia dirigida sobre todo a aquellos que acaban de acceder a determinados placeres.

La cuestión no es, por tanto, restringir los placeres, sino democratizarlos. No se trata solo de reducir el turismo, sino de garantizar el derecho al descanso sin convertir territorios y personas en mercancías. Se trata de hacer posible viajar sin necesidad de un modelo basado en la precariedad laboral, la especulación inmobiliaria y la extracción ilimitada de recursos.

Democratizar los placeres significa recuperar aquella vieja aspiración obrera de liberar tiempo de vida, pero plantearla dentro de los límites materiales y ecológicos del presente. No se trata de que todo el mundo reproduzca los patrones de consumo de las clases más ricas. Se trata de que el descanso, el viaje, el paisaje, la cultura, el tiempo libre y la posibilidad de disfrutar dejen de ser privilegios distribuidos según la renta.

La crítica cultural al turista de clase trabajadora

Esta perspectiva también nos permite cuestionar cierto moralismo presente en algunos discursos contra el turismo. Existen formas de turismo profundamente destructivas que es necesario transformar. Pero con demasiada frecuencia la crítica a la masificación acaba desplazándose, casi imperceptiblemente, hacia una crítica cultural de quienes se masifican. El turista de clase trabajadora que llega en un vuelo barato, contrata un paquete vacacional, se aloja en un gran hotel y pasa una semana en una playa es fácilmente representado como vulgar, incívico o depredador. Pero estas formas estandarizadas y masificadas de vacaciones son aquellas a las que accede más fácilmente una gran parte de la clase trabajadora.

Es importante no idealizar este turismo. Un vuelo barato sigue teniendo un impacto ecológico, del mismo modo que un macrohotel puede tener consecuencias territoriales y laborales devastadoras. Introducir la clase no significa negar los límites ecológicos y territoriales; significa observar cómo se reparten estos límites y quién tiene capacidad para esquivarlos.

Porque, mientras tanto, las formas de disfrute de las clases profesionales dirigentes y burguesas pueden presentarse como más auténticas, responsables o respetuosas. Una segunda residencia, una casa integrada en el paisaje o unas vacaciones en destinos exclusivos pueden parecer menos invasivas precisamente porque no producen la imagen visible de la masa. La huella de la exclusividad es menos ruidosa que la de la masificación, pero eso no la convierte necesariamente en un modelo socialmente más justo ni, sobre todo, universalizable.

Gustos, clase y legitimidad cultural

Esta distinción entre formas legítimas y vulgares de disfrute tampoco es socialmente neutra. Bourdieu expone cómo las diferencias de clase no se expresan únicamente en la desigualdad económica, sino también en los gustos, los códigos culturales y las formas de vida que son socialmente legitimadas. Las clases dominantes no solo disponen de más recursos materiales, sino también de mayor capacidad para convertir sus propias preferencias en criterios de legitimidad cultural. Aquello que es discreto, singular, auténtico o refinado puede aparecer así como una elección individual y universal, mientras determinadas prácticas asociadas a la clase trabajadora son representadas como vulgares, masificadas o culturalmente inferiores.

Esta jerarquización cultural también puede reproducirse dentro de los espacios progresistas. La crítica legítima a los impactos ecológicos y territoriales del turismo puede acabar incorporando, de manera más o menos consciente, una distinción entre unas formas de disfrute consideradas cultas, responsables o auténticas y otras consideradas vulgares o poco deseables.

Aplicado al turismo, esto no significa que cualquier práctica popular sea emancipadora ni que cualquier preferencia de las clases acomodadas sea reaccionaria. Significa que no podemos separar completamente el gusto de las condiciones materiales que permiten ejercerlo. Es más fácil rechazar el paquete vacacional, el gran hotel o el destino masificado cuando se dispone del capital social, cultural y económico necesario para acceder a alternativas más exclusivas.

Aquí aparece una contradicción que vale la pena formular sin caricaturizarla. Podemos criticar, con razón, un enorme hotel construido frente al mar, pero una persona con suficiente patrimonio para tener una casa frente a ese mismo mar dispone de una alternativa que millones de trabajadoras y trabajadores nunca tendrán.

¿Qué formas de descanso podemos universalizar?

Esta contradicción obliga a pensar qué formas de acceso al territorio son realmente democratizables y sostenibles. Un litoral repartido en miles de propiedades privadas para que cada persona tenga su parcela frente al mar no constituye necesariamente una alternativa más universalizable que unas infraestructuras colectivas de descanso que permitan que muchas personas compartan el acceso al paisaje, a las vacaciones y al ocio.

La respuesta no es que cualquier gran hotel sea sostenible ni que el turismo de masas sea emancipador por sí mismo. La cuestión es otra: no podemos medir la sostenibilidad ignorando la clase social. Una forma de vida puede parecer exquisitamente respetuosa con el paisaje y ser imposible de universalizar porque depende, precisamente, de la exclusividad y, al mismo tiempo, puede tener también un gran impacto en el territorio, como podemos ver, por ejemplo, en el acceso a la vivienda en territorios como la Cerdanya, la Costa Brava y las Islas Baleares.

La distinción importante quizá no sea, por tanto, entre un turismo “vulgar” y un turismo “de calidad”, ni simplemente entre turismo de masas y turismo exclusivo. El criterio debería ser qué formas de descanso y de movilidad podemos universalizar sin destruir las condiciones materiales que las hacen posibles.

Porque una política emancipadora no debería aspirar a democratizar el lujo, entendido como la posibilidad de que cada quien posea privadamente aquello que hoy poseen las clases privilegiadas. Debería aspirar a democratizar los placeres que ese lujo privatiza: poder descansar, tener tiempo, viajar, acceder al mar, a la montaña, a la belleza, a la cultura y al ocio.

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