Cryptosisters: el feminismo no debe abrazar el capitalismo

Cryptosisters: el feminismo no debe abrazar el capitalismo

El capitalismo no es solo un sistema económico; es una ideología que moldea nuestra forma de entender el mundo y las relaciones humanas. A menudo, sus consecuencias se discuten sin cuestionar sus fundamentos, y aceptamos sus premisas como si fueran leyes naturales. Incluso desde el feminismo, corremos el riesgo de adoptar sus mantras sin darnos cuenta.

El capitalismo como ideología

Vivimos inmersas en una narrativa que presenta el capitalismo como un sistema separado de la política, resultado de cálculos matemáticos complejos. Así, frases como “no habrá pensiones porque los números no dan” se aceptan sin reflexión. Pero el capitalismo es una construcción humana, y como tal, puede ser transformada.

El filósofo Slavoj Žižek señala que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Esta dificultad se debe a que sus defensores han repetido hasta la saciedad que cualquier avance social —reducir la jornada laboral, abolir la explotación infantil, aumentar salarios— acabaría con el mundo. Sin embargo, lo que realmente podría terminar es el propio capitalismo.

Voces como la de la doctora Radhika Desai, experta en economía geopolítica, desmontan estos mantras. Desai explica que antes de la organización de la clase obrera, al Estado no le importaba intervenir en la economía; fue cuando los trabajadores empezaron a exigir mejoras que se promulgó la no intervención estatal. Su análisis se basa en las condiciones materiales de existencia y en cómo el capitalismo necesita del imperialismo para superar sus contradicciones.

Deuda, imperialismo y mantras económicos

Uno de los mantras más arraigados es que las deudas deben pagarse siempre. Pero la historia muestra alternativas. Ecuador, bajo el gobierno de Rafael Correa, auditó su deuda y declaró ilegítima una parte, lo que permitió invertir en gasto social y mejorar la vida de su población. En Grecia, el movimiento “Den Pliróno” (no pago) surgió en 2008 contra los peajes abusivos, y más tarde Syriza auditó la deuda y convocó un referéndum, aunque finalmente el país pagó. Estos ejemplos nos invitan a cuestionar la obligatoriedad de la deuda y a entenderla como una forma de colonialismo económico.

Estados Unidos ha utilizado la deuda como herramienta imperialista desde la Primera Guerra Mundial. Cuando Trump exige a Europa que pague su deuda, en realidad busca que invierta en armas para salvar la industria estadounidense. Así, se asume que debemos aumentar el gasto militar para compensar, mientras se recorta en gasto social. La clase obrera de los países subordinados sigue sangrando por intereses ajenos.

Cryptosisters: ¿feminismo o capitalismo rosa?

Con el auge del bitcoin y las criptomonedas, surgió la figura del “cryptobro”, un emprendedor misógino que representa una masculinidad tóxica. La crítica feminista se ha centrado en señalar estas formas, pero corre el riesgo de limitarse a eso. Si solo criticamos la masculinidad tóxica, el capitalismo nos colará ideas que parecen compatibles con el feminismo, la izquierda y el antirracismo.

Así, se nos dice que las mujeres invertimos poco porque no sabemos de finanzas, y se nos anima a formarnos, a entender el interés compuesto, a invertir en energía verde o en banca ética. Parece que para combatir a los cryptobros basta con ser cryptosisters. Pero ¿cuál es el problema? El problema es que la rentabilidad de una inversión no proviene de operaciones matemáticas complejas, sino del trabajo de otras personas. Si prestas dinero a unas trabajadoras para su proyecto y ellas te devuelven intereses, están compartiendo con nosotras parte del fruto de su trabajo. Tú te lucras no de tu trabajo, sino de invertir. Estás haciendo dinero con dinero, es decir, capital.

¿Y si prestáramos el dinero a proyectos necesarios sin intereses, sin generar deuda? La objeción típica es que entonces nadie invertiría. Pero si nadie invierte, nadie trabaja y no hay ropa, por ejemplo. Somos seres interdependientes y esto lo hacemos entre todas, aunque unas trabajen más que otras. Además, ¿de dónde viene ese dinero inicial que algunas podemos invertir? Si respondes que de un buen trabajo, una herencia o algo similar, piensa si realmente has trabajado más que una mujer en una mina de coltán en la República Democrática del Congo como para merecer más ese dinero.

La trampa de la independencia financiera

El mantra que más hemos interiorizado las mujeres blancas es que debemos ser independientes. En el fondo, lo que estamos aceptando es un miedo terrible a que, si el Estado falla, estaremos solas o, peor, a cargo de los cuidados de otras sin recursos. No se trata de incitar a gastar todos los ahorros, pero sí de empezar a acabar con el miedo y con los mantras capitalistas.

Propongo que dejemos de creer que el dinero debe invertirse para dar rentabilidad y lo gastemos en construir organización y belleza: en una asociación de trabajadoras del hogar, el centro cultural feminista de tu ciudad, la peña de tu pueblo, el colectivo feminista de tu barrio, el podcast que te encanta; para que una familia palestina pague el visado de paso por Egipto, para la caja de resistencia de un sindicato, para poder hacer huelga y pelear por que los impuestos sean progresivos, se nacionalicen las eléctricas, haya pensiones para todas, por el fin del genocidio, la ilegitimidad de todas las deudas o la abolición de la ley de extranjería.

Si tienes algo de dinero y quieres moverlo e imaginar el fin del capitalismo, empieza por imaginar que puedes usarlo, en vez de para hacer más dinero, para construir el mundo que queremos. La cadena de expolio va desde las autopistas griegas de ACS hasta la red ferroviaria en Israel o las residencias de ancianos donde una trabajadora cobra una miseria para que otros se llenen los bolsillos. Rompamos esa cadena.

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