Olas de calor amenazan la fotosíntesis de las secuoyas

Las secuoyas costeras, los árboles más altos del planeta, están mostrando signos de estrés sin precedentes debido a las olas de calor cada vez más intensas. Un nuevo estudio publicado el 22 de septiembre en el Journal of Geophysical Research: Biogeosciences revela que la fotosíntesis en estas gigantes se reduce aproximadamente a la mitad cuando las temperaturas superan los 40 °C, lo que podría poner en peligro uno de los mayores sumideros de carbono de California y, por ende, la lucha global contra el cambio climático.
Un gigante vulnerable al calor extremo
Las secuoyas costeras (Sequoia sempervirens) son conocidas por su resistencia al fuego, los hongos y la putrefacción, lo que les ha permitido sobrevivir durante siglos. Sin embargo, su longevidad no las protege de un enemigo relativamente reciente: las olas de calor. Habitan únicamente en una estrecha franja costera desde el centro de California hasta el sur de Oregón, donde las temperaturas son suaves y la niebla abundante. Pero en los últimos años, las olas de calor han elevado las temperaturas en algunas partes de su área de distribución por encima de los 40 °C, un umbral crítico para su fisiología.
La fotosíntesis se desploma con el calor
Investigadores de la Universidad de California en Davis y la Universidad de Montana realizaron mediciones repetidas de acículas de secuoyas en el condado de Mendocino, California, entre julio de 2022 y octubre de 2024. Este período incluyó dos olas de calor significativas. En el laboratorio, sometieron las muestras a temperaturas crecientes para simular las condiciones de las olas de calor recientes y midieron las tasas de fotosíntesis resultantes.
Los resultados fueron contundentes: la tasa de fotosíntesis, el proceso mediante el cual las plantas convierten la luz solar en alimento, se redujo a la mitad cuando la temperatura pasó de 30 °C a 40 °C. Según Lily Klinek, ecofisióloga de la Universidad de California en Davis y autora principal del estudio, “esa disminución generalmente indica niveles severos de estrés”. Esta vulnerabilidad podría provocar la muerte de árboles y comprometer una de las mayores reservas de carbono de California, un escudo natural contra el cambio climático.
El mecanismo detrás del colapso
Normalmente, los árboles se mantienen frescos cuando pequeñas aberturas llamadas estomas permiten que el agua se evapore, llevándose el calor consigo, de manera similar a como el sudor enfría a los humanos. Pero cuando las condiciones se vuelven demasiado calurosas y secas, los estomas se cierran para retener la humedad de la planta. En el estudio, los investigadores encontraron que las acículas alcanzaron hasta 10 °C más que el aire circundante debido a que las agujas oscuras absorben gran cantidad de luz solar. Esto sugiere que los estomas estaban al menos parcialmente cerrados.
Esos mismos poros son cruciales para la fotosíntesis, ya que es allí donde los árboles toman dióxido de carbono —utilizado para producir alimento— y liberan oxígeno. “Esencialmente podrían morir de hambre si no tienen acceso a suficiente carbono”, advierte Klinek. Sin embargo, el estudio demostró que incluso cuando las muestras estaban sumergidas en agua, con los estomas abiertos y acceso completo a los ingredientes para la fotosíntesis, la tasa seguía disminuyendo. “No estaban frenando su fotosíntesis por falta de carbono”, aclara la investigadora.
Limitaciones y desafíos de la investigación
Investigar el impacto del calor en la fotosíntesis en el campo es complicado. Requeriría construir una “cámara de calor alrededor de una rama real o esperar a que ocurra un evento de calor”, explica Klinek. En su lugar, la científica subió al techo de su automóvil con una podadora de pértiga y recolectó muestras de unos cinco metros de altura, en el dosel inferior. Para razones prácticas, el estudio se centró en secuoyas costeras jóvenes, no en los gigantes centenarios, ya que es difícil alcanzar incluso las ramas más bajas de árboles de más de 100 metros. “Simplemente hay limitaciones fundamentales sobre lo que se puede muestrear si no se tiene un jetpack”, comenta Christopher Still, ecofisiólogo de la Universidad Estatal de Oregón que no participó en el estudio.
Aun así, los resultados muestran que las secuoyas costeras son “realmente sensibles a la temperatura. No se ve esto tanto en otras especies necesariamente”, añade Still. En el campo, Klinek observó que los árboles cerraban sus estomas para preservar agua, lo que sugiere que en condiciones más realistas, donde una ola de calor y una sequía coinciden, la falta de calor y agua podría hacer que la desaceleración sea “aún más intensa”. Pero se necesita más trabajo, señala. “Todavía no sabemos cuál es el umbral para un daño irreversible”.
Implicaciones para el clima y la conservación
Las secuoyas costeras no solo son un ícono natural de California, sino también un componente crítico en la mitigación del cambio climático. Estos árboles almacenan grandes cantidades de carbono en su biomasa y en el suelo, actuando como un sumidero de carbono a largo plazo. Si las olas de calor reducen su capacidad fotosintética y provocan su muerte, ese carbono podría liberarse a la atmósfera, exacerbando el calentamiento global.
Además, la pérdida de estas secuoyas afectaría la biodiversidad única de los bosques costeros, que albergan numerosas especies de plantas y animales. La investigación subraya la necesidad de monitorear de cerca la salud de estos bosques y considerar estrategias de conservación que mitiguen los efectos del calor extremo, como la restauración de la niebla costera o la protección de corredores de sombra.
Próximos pasos en la investigación
El equipo de Klinek y Magney planea continuar estudiando los mecanismos de tolerancia al calor en las secuoyas y determinar los umbrales de daño irreversible. También esperan ampliar sus mediciones a árboles maduros, aunque los desafíos logísticos son considerables. Mientras tanto, este estudio pionero pone de relieve la vulnerabilidad de incluso los gigantes más resistentes frente a un clima cambiante.
La investigación fue publicada en el Journal of Geophysical Research: Biogeosciences el 22 de septiembre de 2026, y sus hallazgos ya están generando debates entre científicos y conservacionistas sobre cómo proteger estos bosques emblemáticos en un mundo que se calienta rápidamente.






