La derecha y el sexo: de la moral a la dominación
Durante décadas, el conservadurismo estadounidense se presentó como el guardián de la moral sexual. Predicaba la abstinencia, condenaba la promiscuidad y defendía la familia tradicional como baluarte contra la decadencia. Sin embargo, en 2026 ese discurso ha mutado. Hoy, una parte importante de la derecha política no solo tolera la vulgaridad sexual, sino que la celebra como una forma de poder. El cambio no es accidental: responde a una estrategia de dominación masculina que busca subordinar a las mujeres y reconfigurar el espacio público.
De la prohibición al exhibicionismo
El contraste con el pasado es brutal. Si antes el puritanismo servía para disciplinar los cuerpos, ahora la obscenidad se usa como arma política. Un ejemplo reciente: el FBI, bajo la dirección de Kash Patel, ha relajado sus estándares de contratación para aceptar a aspirantes con historial de contratación de prostitutas o de zoofilia. La señal es clara: las conductas que antes se castigaban ahora se toleran si provienen de los aliados correctos.
En el mismo sentido, la influencer de derecha Alex Clark dedicó un episodio de su programa a debatir si las esposas deberían tener relaciones sexuales con sus maridos cuando ellos lo demanden. La idea, presentada como una vuelta a los valores tradicionales, en realidad promueve la sumisión sexual femenina como deber conyugal.
Mientras tanto, un anuncio de apuestas deportivas protagonizado por la actriz Sydney Sweeney desnuda, sosteniendo balones de fútbol americano contra sus pechos, ha sido aclamado como una victoria cultural por sectores conservadores. Lo que antes habría provocado escándalo, hoy se celebra como una reafirmación de la libertad masculina.
Los Tate y la cultura de la conquista
Los hermanos Tate, conocidos por alentar a sus seguidores a la conquista sexual compulsiva y acusados de trata de personas y violencia en su negocio de pornografía en línea, han sido vinculados amistosamente con círculos cercanos a Trump. Su modelo de masculinidad depredadora encuentra eco en una base electoral que ve en la agresividad sexual una señal de estatus.
No es un fenómeno aislado. Una amplia gama de élites de ambos partidos, incluidos conservadores prominentes, socializó durante años con un financiero pedófilo sin que la compañía constante de menores de edad les causara incomodidad. Esa naturalización de la explotación sexual revela hasta qué punto la derecha ha abandonado su antiguo discurso moral.
Una escritora conservadora conocida por su oposición a los tratamientos de transición de género en menores ha anunciado un libro que, según ella, abordará el problema de las jóvenes que supuestamente no quieren tener suficiente sexo. La obra, más que un análisis, es un manifiesto que culpa a las mujeres por no satisfacer las expectativas masculinas.
Y en el club privado del presidente, Mar-a-Lago, las mujeres son conocidas por sus rostros transformados por cirugías y rellenos labiales que les impiden cerrar la boca. Esa estética, ridiculizada y a la vez imitada, se ha convertido en un símbolo de un estilo de vida donde el cuerpo femenino es un objeto de exhibición y consumo.
Una estrategia de dominación
La vulgaridad no es un simple exceso. Es una herramienta para reafirmar la jerarquía de género. Al normalizar la pornografía, el acoso y la cosificación, la derecha envía un mensaje: las mujeres existen para el servicio sexual de los hombres. La obscenidad se convierte así en un lenguaje de poder.
Este fenómeno no se limita a Estados Unidos. En otros países, movimientos populistas de derecha han adoptado discursos similares, combinando machismo con políticas antigénero. La intersección entre tecnología, ciencia y equidad de género es clave para entenderlo: las plataformas digitales amplifican estos discursos, los algoritmos premian la provocación y las comunidades virtuales refuerzan la misoginia.
El papel de la tecnología
Las redes sociales y los foros en línea han sido el caldo de cultivo perfecto. Los hermanos Tate construyeron su imperio a través de YouTube y TikTok, donde sus consejos sobre dominación sexual acumulan millones de vistas. Los algoritmos, diseñados para maximizar la interacción, favorecen el contenido incendiario. Así, la vulgaridad se vuelve rentable.
Además, la inteligencia artificial generativa ha facilitado la creación de deepfakes pornográficos, casi siempre dirigidos contra mujeres. La tecnología, que podría ser una herramienta de liberación, se pone al servicio de la opresión cuando no existen marcos éticos ni regulaciones efectivas.
Consecuencias para la equidad de género
El avance de esta cultura tiene efectos concretos. Las denuncias por violencia sexual disminuyen porque las víctimas temen no ser creídas. Las políticas de igualdad se debilitan. Y las mujeres que osan desafiar el orden establecido son castigadas con campañas de desprestigio y acoso digital.
Frente a este panorama, la resistencia se organiza. Colectivos feministas y organizaciones de derechos digitales denuncian la complicidad de las plataformas y exigen responsabilidad. La lucha por la equidad de género pasa hoy por desmantelar no solo las leyes discriminatorias, sino también las narrativas culturales que las sostienen.
Conclusión
La derecha que un día predicó la moral sexual ha abrazado la obscenidad como arma de dominación. No se trata de una simple evolución de costumbres, sino de una estrategia deliberada para mantener el poder masculino. Entender este fenómeno es esencial para quienes defienden la igualdad. La tecnología, la ciencia y la historia nos muestran que los discursos de odio se adaptan, pero también que la resistencia puede organizarse. El futuro de la equidad de género depende de nuestra capacidad para desmontar estos relatos y construir alternativas basadas en el respeto y la dignidad.
