Construirnos espacios suavecitos: el arte de la ternura
En un mundo que nos exige productividad constante y estabilidad emocional como si fuera una obligación moral, los espacios suavecitos emergen como una necesidad vital. No se trata de “espacios seguros”, una expresión que suena a protocolo municipal y a promesa incumplible, sino de esos lugares y personas donde una puede descansar de las exigencias de la vida, del parecer bien, de todo.
La idea, acuñada por Tatiana Romero, nos invita a repensar la forma en que nos relacionamos con la vulnerabilidad y el afecto. En un contexto donde la dureza se ha convertido en sinónimo de resistencia, los espacios suavecitos nos recuerdan que la ternura también es una forma de fortaleza.
¿Qué son los espacios suavecitos?
Los espacios suavecitos son esos lugares, personas o momentos donde podemos ser nosotras mismas sin miedo al juicio. Son como una manta mullida en la que te envuelves cuando afuera hace frío, cuando necesitas descansar, cuando te sientes enferma, triste o cansada, o todo al mismo tiempo. En ellos, no hace falta explicar por qué algo duele.
Un amigo migrante me dijo una vez: “Es que aquí la gente no se abraza”. Llevaba dos años en Cataluña, donde yo he vivido diez de los últimos trece, sin entender por qué nunca terminaba de sentirse como el lugar donde debía estar. Escuchar una explicación simple a lo que consideramos un misterio profundo es un alivio, pero también una tristeza, porque las explicaciones simples significan que no hay solución posible: es, simplemente, lo que hay.
Otro migrante latino en Estados Unidos decía, mitad en broma y mitad no, que aquel país estaba lleno de asesinos seriales porque la gente no tenía una relación amorosa con la comida. Su teoría era que cuando una persona tiene, cada día, un momento en que se sienta a la mesa con alguien que le quiere y come algo rico, la posibilidad de que quiera matar a todo el mundo debe de ser menor que si cena pizza congelada frente al portátil. No sé si es verdad, pero sí sé que la vida se vuelve más dura cuando no hay cuerpos que te sostengan, amores que se sientan eternos y brazos que te sujeten blandito.
La tiranía del “estar bien”
Este sistema que se resiste a morir nos exige muchas cosas. Producción, por supuesto, y con ella, también estabilidad emocional (al menos la suficiente para seguir produciendo). Y entonces “estar bien” se ha convertido en una especie de valor moral. Hay que estar bien, ser resiliente, no dejar que nada te afecte demasiado, a riesgo de ser cringe.
Como si el equilibrio fuera una obligación y no, como suele ser, una circunstancia pasajera. Esa exigencia de bienestar constante no solo cansa: también nos disciplina. Se traduce en la idea de que la emoción debe ser privada, que la tristeza se resuelve en silencio y que compartir lo que duele es una forma de fallar.
En los últimos años, el lenguaje digital ha inventado incluso un término para despreciar esa vulnerabilidad: trauma dump. La acusación de estar “vomitando tu trauma” se usa como si compartir lo que nos duele fuera una forma de agresión, una invasión del espacio del otro. Y al mismo tiempo, aparece la otra cara: la performatividad de la desestabilidad. Llorar en redes, compartir crisis, autodiagnosticarse ansiedad, TDAH, burnout, como si ponerle nombre a lo que duele fuera una manera de controlarlo.
Tal vez lo sea, tal vez es una forma de decir “no estoy bien” en un mundo que solo escucha cuando hay un hashtag o un término clínico de por medio. Y tal vez es una especie de capital simbólico, la exposición controlada del dolor como otra manera de cumplir con la expectativa del autocuidado performativo, del estar productivamente atentas de nuestras emociones y demostrarlo. Al final, justificamos el dolor con una etiqueta, y buscamos en esos likes algo que ya no logramos encontrar en lo cotidiano: la red, la escucha, el afecto. Hemos cambiado el ser vistas con ser trending.
Llamar trauma dump a la confesión de vulnerabilidad es decirnos “no me pongas incómodo con tu tristeza”. Es reforzar la idea de que las emociones complejas son una falta de higiene social, algo que hay que esconder, que lo importante es ser funcional, predecible, fácil. Lo mismo pasa con los autodiagnósticos con los que intentamos protegernos de un mundo que no nos deja simplemente estar mal. Convertimos la vulnerabilidad en discurso porque no encontramos brazos donde reposarla.
Feminismo y espacios suavecitos
En los feminismos muchas veces tampoco encontramos ese espacio suavecito, al menos no en el feminismo blanco y liberal que es el que está en todos lados. Mar García Puig me dijo en una entrevista que el feminismo buscó tan fuertemente sacar a las mujeres del lugar de “locas, intensas, emocionales”, que no nos dejó espacio para nuestra propia oscuridad. Las girl boss no hacen trauma dump.
No creo que la ternura deba ser una consigna. No me interesa como estética de lo suave ni como eslogan político; me interesa como descanso, como acto consciente de pausa frente al dolor de quien tenemos enfrente. Lo que me asusta es que cada vez tenemos menos espacio para eso. Nos relacionamos con la afectividad con el mismo tono de los informes laborales: eficiente, contenido, medido.
Quienes además somos migrantes nos encontramos con que las pequeñas sutilezas que nos indicaban que un lugar era suavecito no existen en nuestro lugar de acogida, que no entendemos los códigos que nos dicen hasta dónde podemos exponer nuestro dolor, que no sabemos reconocer el marcador de intensidad “aceptable”. La migración nos borra el mapa de lugares suavecitos y una anda perdida hasta que te encuentras con alguien que te sujeta un poquito y te dice: tranquila, por aquí es.
Construir espacios suavecitos en lo cotidiano
A veces ese espacio suavecito hay que improvisarlo con lo que se pueda. Muchas veces es enviar un mensaje de voz versión podcast, es preparar un antojo compartido, es que te dejen llorar sin convertirlo en una conversación. No hace falta que sea un refugio permanente, sino un recordatorio de que no todo tiene que ser duro para resistir.
Pienso que lo que necesitamos no es más estabilidad, sino más permiso para tambalearnos, para quebrarnos un poquito. Ser blandas y suaves no como sinónimo de débiles, sino como adaptables. Hay que construirnos espacios suavecitos, y aunque con eso me refiero a construirnos lugares que lo sean, también significa construirnos a nosotras mismas como ellos, convertirnos en lugares donde aquellos con quienes compartiremos espacio puedan encontrar un respiro de un mundo que se siente cada vez más violento.
Hemos dejado que la dureza se nos meta en la voz y en el cuerpo; hemos confundido la resistencia, la madurez o el éxito con la frialdad. Pero tengo la intuición de que necesitamos volver a ser suavecitas unas con otras. Recordar que el contacto, la ternura, el afecto claro y evidente son estructuras necesarias para construir y sostener las vidas y los espacios que merecemos. Abrazarnos para hacer el mundo, al menos, más soportable.
