Cuando Avi Arad y un robot intentaron conquistar Hollywood (y fallaron)

Cuando Avi Arad y un robot intentaron conquistar Hollywood (y fallaron)

A todos nos ha pasado: ves un juguete increíble y sueñas con tenerlo. Recuerdo claramente la fiebre por el Robosapien a inicios de los 2000s. Era el juguete tecnológico de moda, un robot que bailaba, recogía cosas y hasta jugaba futbol ¡Un sueño hecho realidad para cualquier niño! Su éxito fue impresionante; millones de unidades vendidas, toda una gama de juguetes basados en él… parecía el inicio de un imperio. Pero, ¿qué pasa cuando el éxito se te sube a la cabeza y decides llevarlo a la pantalla grande? La respuesta: “Cody, el Robosapien”, una película que se convirtió en uno de los mayores fracasos de la historia del cine.

La película, producida por el mismísimo Avi Arad (sí, el de Spiderman y X-Men), fue concebida como un gigantesco anuncio de 86 minutos. No se buscaba una gran historia, ni desarrollar personajes complejos, solo vender más juguetes. La trama, para ser honestos, era bastante simple: un niño y un robot huyen de una empresa malvada. Se filmó rápidamente, aprovechando el furor inicial por el juguete, pero el tiempo jugó en contra. Para cuando la película vio la luz (directamente en DVD en muchos países), la moda del Robosapien ya había pasado. Los 15 millones de dólares invertidos solo lograron recaudar unos miserables 290.000 a nivel mundial. Un fracaso épico.

El caso de “Cody, el Robosapien” nos deja una gran lección: el éxito de un juguete no garantiza el éxito de una película. A veces, el intentar forzar una franquicia cinematográfica sin una historia sólida, personajes interesantes y una verdadera visión creativa, solo resulta en un desastre financiero y de crítica. La película sirve como un ejemplo claro de cómo una estrategia de marketing agresiva, sin una base narrativa firme, puede resultar contraproducente. En este caso, Avi Arad, acostumbrado al éxito de las franquicias de superhéroes, se encontró con una dura realidad: no todos los juguetes son dignos de ser llevados a la gran pantalla, sobre todo sin una buena historia que contar. La historia del Robosapien y su película fallida, no solo es un curioso dato cinematográfico, sino una advertencia sobre el peligro de priorizar el marketing por encima de una buena historia.

Al final, la historia nos enseña que la verdadera magia no reside solo en los gadgets o juguetes sofisticados, sino en buenas historias que conecten con el público y que trasciendan las modas pasajeras. Quizá, la moraleja es sencilla: si la historia no es buena, no hay robot que la salve. ¿A quién se le ocurrirá ahora hacer una película de un Zhu Zhu Pet?