Sexo y colecho: ¿maltrato o normalidad?
Una psicóloga infantil me dijo que hacer el amor al lado de las criaturas, aunque estén dormidas, era una forma de maltrato. Yo practicaba sexo y colecho, así que decidí contrastar esta valoración con otras voces expertas en el tema.
La experiencia del colecho y la sexualidad en pareja
Mi niño se llama Juan y con dos años canta por Camarón de la Isla. El niñato trajo felicidad por un tubo, pero también un cansancio como una ola de tres metros que a los hoteles de primera línea arrasa. Amor y cansancio. He ahí el titular. A mí me contaron el rollo de la crianza respetuosa: teta a demanda, porteo y colecho. Y yo me comí la manzana envenenada con un gusanito dentro. El niño comía de mis tetas como cuando rebañas con una cuchara una natilla riquísima, con una desesperación y entrega que me dejaban extasiada a lo Santa Teresa, pero yo casi paralítica. Respetuosa es, pero ¿con quién? La crianza respetuosa pone tan en el centro a los bebés, que las madres somos radicalmente la alteridad, el subsuelo, el Actor Secundario Bob. Es la entrega absoluta por encima del bienestar propio: estás reventada, y aun así, venga a cargarlo encima, a dormir incómoda en tu cama, a sacarte la teta en todas partes a todas horas.
En ese tiempo no tenía ganas ni de tocarme ni de que mi pareja lo hiciera. Así que, en principio, lo que era tiempo de frotarse, en la nueva era es tiempo para dormir. Cuando la actividad sexual se reanudó, lo hizo al lado del niño porque necesitaba vigilarlo y volverlo a dormir rapidito en sus despertares. Cuando maternas a todas horas, y encima no dominas lo que haces, y estás curando las heridas del posparto, el cuerpo del sexo no es el de Catwoman, es más bien un Teletubbi haciendo la croqueta. Follábamos colechando. No pegaditos al niñato, claro está, pero sí en la misma habitación. Con tal de no despertarlo, nosotros no jadeamos, ni gritamos, ni propinamos puñetazos a las paredes como si fuera jolgorio de la Feria de Abril. El sexo se convierte en algo más ninja y rápido por si Juan despierta. Cierto es que mi chico ponía un cojín entre el niño y nosotros porque a él le daba reparo verlo. No se concentraba, decía. Cierto también que intentamos hacerlo en otros lugares de la casa para tener más tranquilidad e intimidad, pero como en cama, nosotros en ningún sitio. A mí me daba tranquilidad que estuviera ahí. Me parecía que irme a otra habitación para follar era como semiabandonarlo.
La voz de las expertas: ¿es maltrato?
La psicóloga infantil Gema Castaño, una de las profesionales que asesoró a Lucía Serrano en la creación del libro Tu cuerpo es tuyo, me contó por teléfono que las criaturas empiezan a tener conciencia de sus cuerpos alrededor de los dos años, que es cuando comienzan a nombrarse a sí mismas y, cuando esto pasa, llega la experimentación y el descubrimiento físico de lo que les gusta y lo que no. Incluso aseguró que es común que entre amistades haya una exploración en el cuerpo de otro, que esto es totalmente normal y ella pidió explícitamente que apareciera en el libro. Castaño me sonaba por teléfono como un ser inteligente, que conocía muy bien la sexualidad de los niños y las niñas, que velaba por su bien y todo lo que apuntaba parecía entendible y sensato. Entonces, un camión llamado Rocío Niebla se empotró contra la pared: “Hacer el amor al lado de los niños, aunque estén dormidos, es una forma de maltrato. Tengan meses o dos años”, dijo ella. “Perdona, Gema, creo que han pinchado los micros agentes del CNI, ¿¿¿que qué es maltrato????”. A lo que ella, riendo, retomó: “Sí, el sexo y el colecho no casan bien si pensamos en los niños”. Cabe decir que una tormenta de arena me comió al colgar, y que me sentí la peor madre del mundo.
Primero me lo tomé a medio broma pero con los días recordé algo que tenía olvidadísmo: yo había escuchado follar a mis padres cuando era muy pequeña y pasé pánico y terror. Me persiguieron durante años aquellos ruidos que no sabía qué eran exactamente, pero tenía la sensación de algo entre malo, prohibido y mejor no preguntar. Volví a llamarla semanas después y me contó que la sexualidad de las criaturas no tiene nada que ver con la nuestra. “Van descubriendo la sexualidad a su propio ritmo, y el hecho de exponerles a situaciones o contenidos que no están adaptados a su edad, supone de alguna forma saltarse etapas”. Esto no tiene nada de bueno, claro. Castaño dice que si observan las relaciones sexuales entre padres o madres podrán interpretar lo que ven a partir de la mente de lo que es un niño o una niña pequeña: “Esto le puede hacer llegar a pensar que sus padres se están haciendo daño o que se están peleando”. Agobio, temor, ansiedad, desesperación y mucha tristeza. La psicóloga infantil afirma que exponer a menores a situaciones, imágenes o contenidos sexuales que no corresponden con su edad “es un tipo de abuso contra la infancia”. “Es verdad que en la mayoría de los casos esto no va a ocurrir, y que en general los padres y madres nos vamos a asegurar de que nuestros hijos e hijas estén bien dormidos, pero ¿qué ocurre si estos se despiertan?”, dice.
Otras perspectivas: ¿es realmente un problema?
La psicóloga infantil Sara Tarrés difiere: “No pasa absolutamente nada si practicamos sexo con colecho siempre y cuando tengamos ciertas precauciones. Si no olvidamos que hay un bebé en la cama y que se trata de un ser frágil”. Por tanto, dice, el sexo que practiquemos “tendrá que ser más sutil, manteniendo un tono de voz bajo y con movimientos más bien suaves, evitando ser bruscos puesto que podríamos despertar a la criatura y asustarla”. Tarrés no le da importancia si se despierta y mira: “En caso que se despierte, debemos actuar con total normalidad, paramos, tranquilizamos al bebe y este se volverá a dormir. No quedan traumatizados a no ser que el sexo sea violento y sienta que está en peligro”. No obstante, insiste, “los niños y niñas de esta edad perciben solo la sensación de miedo en caso que se despierten agitados por algún ruido fuerte o movimiento extraño que les perturbe el sueño”. Para Tarrés se soluciona arropándoles cuando se desvelan, “vuelven a dormirse plácidamente y no recuerdan nada después”. “Y en caso que recuerden, en niños más mayores, podemos y debemos hablar con naturalidad del sexo, con un lenguaje adaptado a su capacidad de comprensión”, considera.
Mamen Bueno, la psicóloga de la plataforma de cuidados Criar con sentido común, está en la línea de Tarrés: “No veo problema si se hace con respeto a la criatura: si se despierta se para y mientras se practica se hace con calma y cuidado, sin mucho ruido”. Para Bueno solo si hay una intencionalidad exhibicionista podría haber abuso y trauma. Ester López Turrillo es psicóloga perinatal y su proyecto se llama Desde la raíz. “Hay investigadores que dicen que, aunque los niños y niñas estén dormidos, el subconsciente absorbe lo que pasa alrededor y queda grabado. No llegan a entender, pero se queda ahí”, dice. Se pierden en la comprensión y luego necesitan a través del juego darle forma e intentar digerir. “Se ha visto que los niños que son testigo de escenas sexuales desarrollan determinados comportamientos sexuales que no se corresponden con la edad”. Según ella, subestimamos mucho a las criaturas e, igual que no tendría sexo con un niño de tres años al lado (dormido o no), tampoco lo haría con un bebé de tres meses. Para ella follar con las criaturas en la cama o en la cuna en la misma habitación “es negligencia”.
La opinión de los padres y madres
Abro el grupo de cuidados WhatsApp que tenemos en el barrio de Aluche (Madrid), somos unas 120 madres. Pregunto: “Hola, ¿alguna se planteó/se ha planteado cambiar al niño o niña del colecho a un cuarto propio por tema sexual?”. Me contestan varias. Mi amiga Crisli: “Mi marido sí tiene como motivo principal para cambiarla a su habitación el tema sexo. Aunque la niña no se entera de nada… es más porque él dice que se siente incómodo por si se despierta”. Susan comparte: “Me he planteado cambiarle de cuarto para tener sexo y para dormir. Peeeero si lloraba pues alguien tenía que ir y claro si una servidora se levanta a las seis a currar puuuuues yo prefería que durmiese al lado y poder calmarlo en dos minutos. Sexo es vida, pero sueño también”. Maripi se suma: “Cuando el cuerpo da tregua (el cansancio extremo hace mucho), o sea, aún tenemos sexo escaso y el bebé tiene 11 meses, tiramos de sofá o un día de suegra. Lo de la cama no lo vemos. A mí no me pone”. La cabeza me da muchas vueltas y siento que miramos muchísimo a las y los bebés, pero en esto no del todo. Hablamos de nuestra incomodidad más que de la posibilidad de herir o hacerles sentir miedo. Y digo miedo porque si se despierta (o ya lo estaba, pero en mute) y oye a dos seres jadear o suspirar es miedo a la cero comprensión de lo que pasa lo que debe sentir.
Buscar el equilibrio
Ares González, papi de cuatro niños y maestro de educación infantil, tiene un libro muy útil llamado Educar sin GPS. Explica que follar al lado de menores es, potencialmente, exponerles a que vean algo que no tienen que ver: a impactarles demasiado. Le digo que me parece curioso que crea que para un niño o niña ver el amor o hacer la guerra les produzca emociones desagradables y parecidas. “Tenemos varias corrientes de crianza. Una adultocentrista que no ha reparado jamás en esto y le da absolutamente igual. Y tenemos una crianza tan centrada en los niños que los padres pasan a un segundo plano e incluso anulan los deseos sexuales”, dice él. González cuenta que su corriente es “intermedia” y ha sabido construir unos espacios privados (sexuales) respetuosos con sus cuatro niños. “Aunque se recomienda que estén hasta el año en el mismo cuarto, entre los seis y los diez meses los sacamos, precisamente para poder cuidarnos y encontrarnos”. Afirma que si las personas que cuidan no están tranquilas, felices y saciadas es complicado criar y cuidar como se merece. González y su pareja optan por acabar con el colecho para ganar en calidad de vida como pareja. Recomienda que cada una busque el equilibrio “teniendo en cuenta que hacer el amor colechando es exponerles a un pequeño riesgo que, con un cambio de habitación o con la búsqueda de otros espacios para encontrarse, se puede evitar”. Así que cambio de cuarto a mi niño que canta por Camarón por si acaso, y aunque ahora nos tenemos que levantar cada vez que se desvela (mucho) y él está triste por dormir solo, he ganado en tranquilidad sexual y cuerda vocal al gemir.
