La actriz Christina Applegate, ganadora del Emmy, conmocionó al mundo al revelar que su neurólogo ahora cree que en realidad no tiene esclerosis múltiple (EM), una enfermedad neurológica que le diagnosticaron hace cinco años. La noticia, que trasciende el ámbito de la farándula, pone sobre la mesa un problema de salud pública que afecta desproporcionadamente a las mujeres: el diagnóstico erróneo y el sesgo de género en la medicina.
Applegate, quien se convirtió en una voz prominente para las personas con EM a través de su libro de memorias y el pódcast MeSsy, compartió que su médico le ha dicho que su condición podría haber sido mal diagnosticada. Para ella y para millones de pacientes, esto no es una buena noticia: sigue igual de enferma, pero regresa a la casilla de salida en cuanto a explicaciones y tratamiento.
Un problema que no es aislado
El caso de Applegate no es un incidente aislado. Una revisión sistemática de 2024 encontró que aproximadamente el 15% de los casos de EM estudiados fueron mal diagnosticados, y las mujeres tenían el doble de probabilidades que los hombres de recibir un diagnóstico de EM cuando en realidad no la padecían. Además, el subdiagnóstico también es común: muchos pacientes esperan meses o años para que su enfermedad sea correctamente identificada y tratada.
La escritora Shakira Hussein, quien vivió en carne propia esta odisea, relata en primera persona cómo sus preocupaciones sobre su salud mental fueron desestimadas con frases como “mujeres inteligentes como usted”. Durante años, los médicos atribuyeron sus síntomas físicos a un trastorno bipolar, ignorando las señales de una enfermedad neurológica subyacente.
El sesgo de género: cuando los síntomas se atribuyen a la mente
La historia de Hussein es un ejemplo doloroso de cómo el sesgo de género puede retrasar un diagnóstico correcto. Después de un trauma, fue referida a un psiquiatra que la diagnosticó erróneamente con trastorno bipolar. A pesar de que su salud física empeoraba, su psiquiatra aumentaba la dosis de medicamentos antipsicóticos y desestimaba sus preocupaciones diciendo que “mujeres inteligentes como usted” a menudo se niegan a aceptar que tienen un trastorno psiquiátrico.
Cuando finalmente consultó a un neurólogo, este también descartó sus síntomas como psiquiátricos, argumentando que eran “muy comunes en mujeres como usted”. Solo gracias a una segunda opinión y una resonancia magnética se descubrió que tenía esclerosis múltiple.
Este patrón no es exclusivo de la EM. Estudios han demostrado que las mujeres esperan más tiempo que los hombres para recibir un diagnóstico de enfermedades como el cáncer, las cardiopatías y la endometriosis, entre otras. Los estereotipos de género y la falta de formación médica en diferencias de sexo contribuyen a que los síntomas de las mujeres sean con frecuencia minimizados o atribuidos a causas psicológicas.
Las consecuencias del diagnóstico tardío
El diagnóstico tardío no solo prolonga el sufrimiento, sino que puede tener consecuencias graves para la salud. En el caso de la EM, un tratamiento oportuno puede retrasar la progresión de la enfermedad y prevenir la discapacidad. Hussein relata que, una vez que recibió el diagnóstico correcto y comenzó el tratamiento para la EM, su salud mejoró inmediatamente.
Pero el daño psicológico y físico de años de incertidumbre y de sentirse desestimada es incalculable. “Nada de lo que la enfermedad me ha lanzado ha sido tan difícil como el miedo y la incertidumbre del período previo al diagnóstico”, escribe Hussein.
La frontera entre lo diagnosticado y lo no diagnosticado
Hussein reflexiona sobre cómo la sociedad valora a las personas según su diagnóstico. “La frontera entre lo diagnosticado y lo no diagnosticado se ha convertido en la frontera entre lo digno y lo indigno, lo merecedor y lo no merecedor, el derecho a las prestaciones por discapacidad y la indigencia”, afirma.
El caso de Applegate ilustra cuán incierta y contestada es esa frontera. Las legiones de personas como ella, que están enfermas pero no diagnosticadas, merecen algo mejor que ser estigmatizadas como simuladoras. No deberían ser descartadas como una pérdida de tiempo porque el proceso diagnóstico es complejo y prolongado.
Los síntomas de las mujeres deben tomarse en serio, independientemente de si su causa subyacente es una enfermedad física o mental. Y, una vez diagnosticadas, no deberían temer que las dudas de un médico las conviertan en pacientes de segunda clase.
Hacia una medicina con perspectiva de género
La historia de Christina Applegate y Shakira Hussein es un llamado de atención para el sistema de salud. Es necesario implementar protocolos que garanticen una escucha activa y una evaluación integral de los síntomas, especialmente en las mujeres. La formación médica debe incluir la perspectiva de género para evitar que los estereotipos nublen el juicio clínico.
Además, se requiere mayor investigación sobre las diferencias de sexo en las enfermedades y una mayor conciencia pública sobre el derecho a una segunda opinión. Como concluye Hussein, “mis síntomas deberían haber sido tomados en serio independientemente de si su causa subyacente era esclerosis múltiple o trastorno bipolar”.
En un momento en que la tecnología y la ciencia avanzan a pasos agigantados, no podemos permitir que los prejuicios de género sigan costando vidas y calidad de vida. El caso de Applegate es un recordatorio de que la equidad de género también se juega en el consultorio médico.

