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sábado, 7 de noviembre de 2026
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Amanda Castillo: el derecho de las mujeres a envejecer sin culpa

La autora suiza Amanda Castillo publica 'Tenemos derecho a envejecer como los hombres', un ensayo sobre edad, género y presión estética. Entrevista y claves.

Por user9 min de lectura0 comentarios
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Cortesía
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La escritora suiza Amanda Castillo acaba de publicar en castellano su ensayo Tenemos derecho a envejecer como los hombres, editado por Continta. En él aborda la potencia de cumplir años para las mujeres, la liberación de no querer gustar a hombres manipuladores, la deconstrucción de la prensa rosa y la relación entre clase social y belleza. La autora reivindica una vejez femenina plena frente a una cultura que exige juventud perpetua.

Una oda a las mujeres que envejecen

Castillo describe su libro como una recomendación para todas sus amigas mayores de 40 años. “Las mujeres se vuelven muy interesantes con el paso del tiempo. Me dan pena los hombres que no pueden ver ese lado: son personas muy complejas, que tienen mucho que compartir”, afirma. Sin embargo, la cultura, que se presenta como espejo de la sociedad, no las refleja. La autora señala un problema profundo: las actrices que interpretan a madres tienen la misma edad que quienes hacen de sus hijos en la ficción. Por eso insiste en la necesidad de que más mujeres tomen el pincel y la cámara para contar sus historias.

¿Por qué es maravilloso pasar de los 40?

La autora recuerda que vivió siempre en estado de alerta porque la cultura le decía que algo horrible le pasaría al envejecer. “Ya a los 20 pensaba que mi vida se estaba acabando. Sin embargo, lo que te pasa con los años es que adquieres lucidez. La vejez funciona como un tamiz: solo deja pasar a hombres equilibrados. Los demás no se te acercan y, además, tú tampoco los quieres cerca porque ya los ves venir”, explica. Para Castillo, las mujeres que han llegado a los 40 son personas que, en primer lugar, han sobrevivido a los acosos. “No conozco a una sola mujer que no haya vivido algún episodio de acoso, de una forma u otra”, subraya.

Cuidarse sin caer en la autoobjetualización

La conversación deriva hacia la obsesión por el ejercicio y el cuidado físico. Castillo advierte que el poder de las mujeres en esta sociedad se basa mucho en su físico, y conservar esa fuerza puede ser una forma de empoderarse, pero hay que poner un límite. “Cuando una empieza a autoobjetualizarse, hay una deriva. Por eso digo que los tres remedios para superar el envejecimiento son la educación, la independencia económica que la educación permite y la creación. Esos son los tres remedios antiedad y son tres cosas que históricamente se nos han prohibido: no se nos dejaba estudiar, ser independientes económicamente ni acceder a la creación; solo éramos musas. Así es como los hombres trascienden su edad”, argumenta.

La heterosexualidad como factor que envejece

Castillo dedica un apartado a la relación entre orientación sexual y edad. Cita a la escritora Constance Debré, quien sostiene que al convertirse en homosexual se gana diez años de golpe. “La belleza es tan heteronormativa, tan encorsetada, que no se puede encajar en ella. Debré cuenta que se mueve de una forma más libre, que es como renacer”, señala. La autora no pretende imponer un modelo, pero sí evidenciar cómo la heterosexualidad normativa impone mandatos estéticos que envejecen a las mujeres.

Deconstruir la prensa rosa y la coquetería

El libro también analiza la prensa del corazón. Castillo considera que los feminismos deben deconstruirla porque llega por todas partes. “Consumimos revistas, cine y lecturas que hay que deconstruir de forma permanente porque, si no, nos afectará. Si consumo la prensa rosa sin analizarla, me deprimo muchísimo. De hecho, estaba muy triste de joven”, confiesa. Sobre la compatibilidad entre coquetería y feminismo, opina que no son incompatibles, pero critica que la belleza se haya convertido en una disciplina casi olímpica con requisitos imposibles. “Decirle hoy a una mujer que no pasa nada por querer ser guapa es como decirle a un alcohólico al borde del coma etílico que no pasa nada por tomar de vez en cuando una copita de vino. Hemos ido tan lejos en esa búsqueda de perfección que se ha vuelto absurda”, ilustra.

Clase social y belleza: el caso Cindy Crawford

Castillo contrapone la belleza de las mujeres de clases populares con la de las profesionales que parecen vivir en el país de Nunca Jamás. “Quienes ven esas imágenes en Instagram no se dan cuenta de que cuesta muchísimo dinero parecerse a Cindy Crawford. Esta señora nos dice que duerme muy bien y que se alimenta de verduras. Claro que lo hace, pero también tiene liftings, bótox y gente que se ocupa al cien por cien de hacer de ella la mejor versión física posible. Además, tuvo un montón de niñeras que cuidaron de sus hijos cuando eran pequeños. Hay toda una organización alrededor de su cuerpo que no pueden permitirse las mujeres que trabajan y tienen que gestionar sus carreras y sus familias. Sin embargo, se presenta como algo casual o fácil: ‘Me he despertado así, tomando un matcha latte’. Pero no es así. Hay una dimensión de clase. Cuesta muchísimo dinero tener esa apariencia”, detalla.

La cultura de la pedofilia

Uno de los conceptos más provocadores del ensayo es el de “cultura de la pedofilia”, que Castillo distingue de la pedocriminalidad. “Mientras escribía este libro me di cuenta de que la pedofilia está entrelazada con las estructuras culturales y sociales que nos rodean. Una vez que te das cuenta, la percibes por todas partes”, afirma. Pone como ejemplo unas muñecas LOL que recibió su hija a los ocho años: al meterlas en agua fría, aparece lencería sadomasoquista sobre su piel. También menciona el caso de Shein, que vendía muñecas con cuerpo de niña promocionadas como juguetes para la masturbación masculina. “Eso es cultura pedófila. Hay muchos más ejemplos: los tangas y las cremas antiedad que se comercializan para niñas de 12 años, el programa Toddlers y tiaras, etcétera. Betty Boop es un ejemplo antiguo, pero es un bebé sexualizado. Me llama la atención que, cuando escribo ‘colegiala’ en Google, aparezca una niña sexualizada, posando. Si escribo ‘colegial’, sale un niño leyendo un libro. Eso también es la cultura de la pedofilia”, argumenta. La autora aclara que habla de cultura y no de delito porque se sexualiza a niñas en el cine y las revistas, y se explica a las mujeres adultas que para ser atractivas deben parecer niñas. “Por eso imitamos sus rasgos. Las cirugías estéticas buscan ojos muy grandes y una apariencia ingenua, que no resulte amenazante”, añade.

Suiza: un país conservador en materia de género

Castillo reflexiona sobre su país de origen. “Suiza es un país muy conservador. Las mujeres no tuvimos derecho a votar a nivel federal hasta 1971. Existe una voluntad política que se expresa muy claramente: hay que dejar a las mujeres en casa. Cuando tuve a mi hija, me dieron 14 semanas de baja. Al volver al trabajo me miraron de una forma un poco rara y me preguntaron qué hacía allí. Poco después, me dijeron tranquilamente que era mejor que me ocupara de mi hija y estuviera en casa”, relata. Según la autora, esta dinámica es muy conveniente para los hombres, ya que una carrera se construye entre los 30 y los 40 años, justo cuando se tienen hijos. “Luego, a los 40, te dicen que ya eres muy vieja para volver. También es una forma de neutralizar a las mujeres en el terreno laboral. Todavía hay una brecha salarial muy importante, incluso con el mismo nivel de estudios y experiencia. Hay un techo de cristal y también de maternidad. A los hombres les dan un bonus cuando se convierten en padres. Se considera que se vuelven mucho más responsables porque tienen una familia a su cargo y reciben una promoción. En cambio, se presupone que las mujeres que se convierten en madre ya no estarán disponibles y se las aparta”, denuncia.

El mito de Pigmalión y la trampa de la inexperiencia

Al comienzo del libro, Castillo incluye un listado de parejas heterosexuales en las que él le saca a ella 20, 30 o 40 años, y luego el contralistado de parejas en las que ella es mayor. “Quería decirles a las mujeres ‘levantad la cabeza y mirad quién os mira, qué está mirando en vosotras y por qué’. Pigmalión es el hombre al que no le interesan las mujeres-mariposa, solo quiere mujeres-oruga para darles forma, para moldearlas. Doy ejemplos de cineastas, pintores y escultores, pero también puede ser la relación de un profesor con su alumna o la de un médico con su interna. Es un hombre con mucho conocimiento que acoge a una mujer, precisamente, porque ella no tiene la práctica profesional, la mirada y la seguridad que él posee. En el momento en que ella adquiere esas cosas y gana seguridad, él se va. La descarta. Es interesante ver cómo lo que fascina a estos hombres no es la juventud, sino la inexperiencia y la vulnerabilidad. Según las encuestas que cito, se nos dice que ya somos viejas a los 22. Es tan absurdo que hay que entender que no se trata de la edad, sino de ser totalmente ingenua, resultar manipulable”, explica.

Castillo menciona el caso de Gisèle Pelicot, una mujer mayor en términos patriarcales, de más de 60 años, que fue violada por hombres de 20. “No les dio asco, porque muchas veces se trata simplemente de una cuestión de dominación”, concluye.

Un ensayo para repensar la edad

Tenemos derecho a envejecer como los hombres es un libro profundo, ameno y lleno de referencias pop y pensamiento crítico sobre lo maravilloso de la edad. Castillo invita a las mujeres a tomar el control de sus vidas, a educarse, a ser económicamente independientes y a crear, porque esos son los verdaderos remedios contra el edadismo. Su voz se suma a las de quienes exigen una cultura que refleje a las mujeres en todas las etapas de la vida.