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viernes, 6 de noviembre de 2026
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Profesoras en Afganistán: explotación en colegios privados

Bajo el régimen talibán, las profesoras de colegios privados en Afganistán sufren salarios miserables, impagos y humillaciones. Conoce su lucha por sobrevivir.

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Cortesía
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En Afganistán, la enseñanza en colegios privados se ha convertido en uno de los pocos refugios laborales para las mujeres. Desde el regreso de los talibanes al poder en agosto de 2021, las oportunidades de empleo femenino se han desplomado: según la Organización Internacional del Trabajo, la participación de las mujeres en la fuerza laboral cayó del 16.5% en 2020 al 5.1% en 2026. En este contexto, dar clases en una escuela privada es, para muchas, la única forma de generar ingresos y sostener a sus familias. Sin embargo, las condiciones en las que trabajan distan mucho de ser dignas: salarios de miseria, pagos retrasados, jornadas extenuantes y un trato humillante que aceptan a cambio de un trozo de pan.

Una salida desesperada

Tabassum, de 35 años, impartía clases en una universidad hasta diciembre de 2022, cuando las autoridades cerraron las puertas de la educación superior a las mujeres. Como tantas otras, se quedó sin empleo y sin ingresos. Empezó dando clases particulares en su casa, pero pronto se dio cuenta de que necesitaba un trabajo fijo. “Cuando cerraron las universidades, me quedé sin trabajo, como tantas otras mujeres. La vida no puede seguir adelante cuando te quedas en casa sin ingresos. Tuve que buscar trabajo en un colegio privado, mantenerme ocupada y ganar dinero”, explica a Zan Times.

Hoy camina media hora cada día para llegar al colegio donde enseña, en el norte de Afganistán. Las clases comienzan a las 8 de la mañana, pero los días que está de guardia debe estar allí a las 7:30. A pesar de la expansión del colegio, que tiene varias sedes, los sueldos no reflejan ni el volumen de trabajo ni las responsabilidades. “Estamos ocupadas desde por la mañana hasta que terminan las clases. Nuestro trabajo no se limita a enseñar. Tenemos que cuidar de los alumnos, mantener el orden en el aula y realizar otras tareas que nos asigna la dirección”, afirma. “A pesar de todo esto, nuestros sueldos son muy bajos”.

Salarios que no alcanzan ni para harina

Tabassum gana 6,000 afganis al mes. Otras profesoras entrevistadas por Zan Times cobran entre 4,000 y 6,000 afganis por seis horas de clase diarias. Para ponerlo en perspectiva, un saco de harina de 50 kilogramos cuesta casi 2,000 afganis. Es decir, el salario mensual de una profesora apenas alcanza para tres sacos de harina, sin contar otros gastos básicos como renta, transporte o uniformes.

Además, los primeros meses de trabajo suelen ser gratuitos. En el colegio de Tabassum, las profesoras recién contratadas pasan el primer mes sin cobrar, bajo la excusa de un “período de prueba”. Luego, el pago se retrasa para asegurar su permanencia, y aunque los pagos regulares comienzan en el tercer mes, parte del salario se retiene. Si la profesora abandona el centro antes de cumplir un año, puede perder ese dinero. Esta política se aplica sin importar la experiencia previa.

Nikbakht, con un máster por la Universidad de Teherán y tres décadas dedicadas a la educación, ahora enseña en una escuela privada de Kabul. “A veces no nos pagan los sueldos a tiempo. Dicen que las familias no han pagado las cuotas de sus hijos, por lo que nuestros sueldos también se retrasan”, explica. La dirección argumenta dificultades económicas de las familias, pero las profesoras han trabajado todo el mes y necesitan su salario al final del mismo. “Los gastos de manutención no pueden esperar. Nuestras familias no pueden pasar hambre hasta que se hayan cobrado las cuotas de los alumnos”, reclama.

Jornadas extenuantes y sin derechos

La carga laboral es otra fuente de abuso. En las clases de infantil a cuarto de primaria, a veces una sola profesora se encarga de todos los alumnos del aula, impartiendo clases y supervisando a los niños al mismo tiempo. A pesar de esta responsabilidad, los días libres no siempre son remunerados. La baja por maternidad dura entre 15 y 20 días, y el permiso por matrimonio se limita a solo tres días. Las vacaciones de verano, aunque existen, no se pagan; si se toman más días de los asignados, se descuenta del sueldo.

Sadaf, de 24 años, enseña en un colegio privado de Kabul y ha sufrido en carne propia la falta de protección. “Los colegios privados son empresas y, como pagan impuestos a los talibanes, hay poca supervisión y no existe una legislación clara al respecto”, señala. En su anterior empleo, se quejó repetidamente de la jornada laboral y la falta de descansos, pero el director la trató de forma humillante. Finalmente renunció y nunca recibió el sueldo que le habían retenido. “Cuando nos quejamos de nuestras condiciones laborales, no hay nadie que nos apoye”, lamenta. “Si el director dice algo, tenemos que hacerlo. Si nos negamos, podemos perder nuestros puestos de trabajo y el sueldo al que tenemos derecho”.

Discriminación de género y restricciones talibanes

La brecha salarial entre profesores y profesoras es evidente. Halima, de 27 años, enseña inglés y turco en un colegio privado del norte. Explica que las profesoras ganan 5,000 afganis al mes, mientras que algunos profesores de cursos superiores reciben alrededor de 8,000 afganis o más. “Un profesor puede dar clase dos horas al día, mientras que una profesora puede dar clase cinco horas y aún así tener que realizar otras tareas escolares. Sin embargo, a las mujeres se les paga menos”, afirma. Cuando un profesor se queja, la dirección puede aumentar su sueldo para evitar que se marche; pero “las mujeres no tienen ese tipo de poder”, dice Halima. “Aunque digamos que nos vamos, eso no cambia casi nada, porque saben que nuestras oportunidades laborales son extremadamente limitadas y que no tenemos otras opciones”.

El director de un colegio privado del norte reconoce la disparidad: en su centro, el salario mensual más alto para las profesoras es de 5,000 afganis, frente a los 10,000 que cobran los hombres. Lo atribuye al mayor número de mujeres que solicitan puestos docentes y a que los hombres imparten asignaturas como matemáticas y química en cursos superiores. Además, el colegio paga entre 60,000 y 70,000 afganis en impuestos a los talibanes cada tres meses.

Las restricciones sociales añaden más presión. A las profesoras no se les permite dar clase mientras haya chicos en el centro, y deben entrar vistiendo un chapan negro y un burka. “Siempre llevamos un burka en el bolso. Cuando nos enteramos de que han venido funcionarios del Ministerio para la Propagación de la Virtud y la Prevención del Vicio a inspeccionar el colegio, lo sacamos inmediatamente y nos lo ponemos”, cuenta Halima. Hace unos días, mientras daba clase, los funcionarios entraron en su aula y le ordenaron marcharse para interrogar a los alumnos. “Estaba aterrorizada. Sin decir ni una palabra, salí del aula”, relata.

El miedo también ha afectado el contenido educativo. Según Halima, se ha ordenado a las profesoras que no impartan las secciones de los libros de texto de dari que tratan sobre la libertad, la independencia y la patria. “El miedo a perder nuestros puestos de trabajo nos ha obligado a aceptar estas condiciones. No nos queda más remedio que aceptarlas y seguir adelante”, explica.

Gastos que ahogan la economía doméstica

Además de los bajos salarios, las profesoras deben costear de su bolsillo los uniformes y otros artículos obligatorios. Arzu, profesora en Kabul, señala que en su colegio el uniforme cuesta 800 afganis, y en otros puede llegar a los 1,000. A ello se suman zapatos, pañuelo para la cabeza y otros elementos, que en total pueden alcanzar los 5,000 afganis o más, una parte considerable de sus modestos ingresos anuales. “Estos gastos son obligatorios para las profesoras, mientras que algunos colegios no exigen a los profesores que lleven un uniforme específico”, denuncia.

El futuro de la educación afgana

La situación de las profesoras no solo las afecta a ellas, sino que hipoteca el futuro de las niñas afganas. Según un informe de UNICEF, el número de mujeres que imparten clases en primaria ha caído de casi 73,000 en 2022 a unas 66,000 en 2024. Las continuas restricciones a la educación de las niñas y al empleo de las mujeres podrían provocar que Afganistán enfrente una escasez de casi 20,000 profesoras y 5,400 trabajadoras sanitarias para 2030. UNICEF advierte que la disminución de profesoras podría restringir aún más el acceso de las niñas a la educación, ya que su presencia aumenta la probabilidad de que las niñas asistan a la escuela y continúen sus estudios.

Para Tabassum, dejar su trabajo sería una decisión difícil, dado que las oportunidades laborales para las mujeres son tan limitadas. En este colegio privado se espera que inspire a las niñas y las anime a estudiar, a pesar de que ella misma no tiene certeza de cuándo le pagarán su próximo sueldo. “Aceptamos la humillación y la explotación en el trabajo a cambio de un trozo de pan”, resume Nikbakht. Esa frase condensa la realidad de miles de educadoras que, en el silencio y la precariedad, sostienen lo poco que queda del sistema educativo para las niñas en Afganistán.

Este artículo se basa en la investigación de Zan Times, que entrevistó a diez profesoras en seis provincias afganas. Los nombres de algunas entrevistadas han sido cambiados para proteger su identidad.

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